Comentario al Evangelio del

José María Vegas, cmf

Encuentros y bendiciones

La Navidad es el encuentro pleno y definitivo entre Dios y el hombre. A decir verdad, no ha sido éste un encuentro fácil. Dice el libro del Génesis que cuando, según su costumbre, Dios “paseaba por el jardín a la hora de la brisa” (cf. Gn 3, 8) el hombre temió y se ocultó de su vista al comprender que estaba desnudo. El lenguaje usado habla de una familiaridad cotidiana entre Dios y el hombre. Pero la conciencia de la confianza traicionada hace que el ser humano se sienta desnudo: así nos sentimos siempre cuando nos damos cuenta de que “nos han pillado”. Y esa vergüenza engendra temor y el deseo de huir y desaparecer.  Y el temor, el deseo de esconderse y huir ha impedido que ese encuentro buscado por Dios por largo tiempo haya podido realizarse.

Por otro lado, es verdad que el ser humano ha desplegado su dimensión religiosa a lo largo de la historia de múltiples formas. Ha construido templos y parece que le ha ofrecido a Dios su hospitalidad. Es lo que nos narra la primera lectura. Pero ahí vemos que Dios se resiste a esa hospitalidad: el Señor del universo no se deja encerrar en una casa, ni de cedro, ni de mármol. Y es que detrás de esa aparente generosa hospitalidad se ha escondido con mucha frecuencia la voluntad humana de encerrar a Dios en sus templos, es decir, en sus conceptos y planes, y de usarlo para sus fines. El poder político ha sido especialmente sensible a esa manipulación. Y en la Biblia hay toda una corriente de crítica sistemática del poder político y su intento de dominar a Dios (pues ése fue el pecado fundamental narrado en el tercer capítulo del Génesis, la voluntad de ocupar el lugar de Dios), que se refleja, entre otras cosas, en la crítica del culto oficial en el templo. Por eso, pese a la buena disposición de David, Dios aplaza el proyecto y, a cambio, promete que será Él quien le dará una casa, una descendencia, precisamente, Jesús, el verdadero templo de Dios en la tierra.

En síntesis, el temor humano por la vergüenza del pecado, y el pecado desvergonzado de querer manipular a Dios han producido, más que encuentros, desencuentros y encontronazos.

¿Qué ha hecho Dios entre tanto? Dios ha seguido buscando al hombre desde el respeto de su libertad, ha preparado los pasos para un encuentro definitivo, de reconciliación y amistad. No podía ser más que un encuentro a la altura del hombre, para evitar el temor: la Palabra había de tomar carne humana, para hablar al hombre huidizo, temeroso y, al tiempo, sediento de poder, en un lenguaje que pudiera comprender y aceptar. Y, como todos los encuentros de “alto nivel”, había de estar precedido de otros encuentros que lo prepararan. Toda la historia de Israel no habla sino de esto: largas tratativas repetidamente frustradas por el temor y el orgullo, pero que fueron dando sus frutos al encontrar también corazones bien dispuestos.

En estos días previos a la Navidad, especialmente entre el 17 y el 24, cuando el Adviento aumenta la tensión de la espera en intensidad creciente, prodigando signos cada vez más claros de la cercanía del “que ha de venir”, asistimos a los últimos encuentros preparatorios. El ángel y Zacarías, marido de Isabel, representantes de una Alianza ya vieja y en apariencia estéril y muda, pero que va a dar un último y decisivo fruto: la voz, el profeta precursor, Juan; el encuentro de Isabel con María; y, por fin, el que hoy nos presenta el Evangelio, el encuentro del ángel con María. Este último es del todo especial y está lleno de revelaciones esenciales. Si cabía aún alguna duda sobre el ánimo con el que Dios viene a nuestro encuentro, basta que escuchemos las palabras del Ángel: ni un reproche, ni una amenaza, ningún anuncio de castigo. Sólo piropos, bendiciones y halagos, hasta la exageración: “Alégrate”, “agraciada”, “el Señor está contigo”. Y si todavía queda algún espacio para el temor, basta seguir escuchando: “No temas”, “Dios te mira con benevolencia”, “la vida florece en ti”. Se me dirá: “claro, está hablando con María”. Pero María no es un personaje extraño, ajeno, una especie de extraterrestre. María es el ser humano buscado por Dios desde el comienzo de la historia, ese que salió de sus manos sin sombra de mal, “muy bueno” (cf. Gn 1, 31), es decir, “lleno de gracia”. María es un personaje histórico real, que realiza de manera transparente, de forma plena, algo que cada ser humano esconde en sí, más o menos oculto por el pecado: la huella de Dios, su imagen y, por tanto, la capacidad de responder positivamente a la llamada del Dios que viene a pasear y comunicarse con él “a la hora de la brisa”. María significa y realiza lo mejor de la humanidad, su núcleo no contaminado por el pecado y, por tanto, la que vive en lugar abierto, la que no se esconde.

El papel de María es fundamental en la venida de Dios a nuestro mundo. Porque, al ser nosotros imágenes de Dios, es decir, libres, no puede Él comunicarse con nosotros y entrar en nuestro mundo sin nuestro consentimiento. Pues sin ese consentimiento libre Dios no se haría presente como amigo, hermano (en Cristo), Padre, salvador… Y no podría despejar el temor que nos atenaza y la vergüenza que nos empuja a escondernos. María, con el valor que da la confianza, acoge la Palabra, arriesga y se pone libremente al servicio del mayor proyecto de liberación que los han conocido siglos: he aquí la sierva, hágase.

Este encuentro luminoso, pleno de bendiciones y alegres palabras nos hace comprender cuál es el verdadero templo de Dios, el lugar en el que quiere habitar entre nosotros: es el corazón mismo del hombre, su corazón de carne, la carne que acoge a la Palabra y que, al acogerla, se hace presente en medio de nosotros. Es un templo vivo, del que cada uno de nosotros somos piedras vivas, la humanidad de Cristo es la piedra angular y María y su “sí” han sido la puerta de entrada.

La liturgia de hoy es toda ella luminosa y alegre. Es verdad que el destino del que ha de nacer no será en absoluto fácil ni triunfante. Y es que los temores y los orgullos no dejarán de acosar su presencia y de cerrarse al diálogo. Pero en María descubrimos otra posibilidad que se nos abre a todos: vencer el temor con la confianza, el orgullo con la humildad, y la voluntad de dominio con la disposición al servicio. Podemos intentar hacer nuestro su sí, y convertirnos de este modo nosotros mismos en ángeles que anuncian buenas noticias, procuran encuentros salvíficos, transmiten bendiciones y preparan templos vivos en los que Dios encuentra un lugar donde habitar en medio de los hombres. Porque, como nos recuerda hoy Pablo, el misterio de Cristo, mantenido en secreto durante siglos, no se ha encarnado para permanecer escondido entre las cuatro paredes de una pequeña capilla sectaria, sino para ser manifestado y dado a conocer a todas las naciones, a todos los hombres y mujeres del mundo, que estuvieron representados ante el ángel por el sí de María.

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