Comentario al Evangelio del

Conrado Bueno, cmf

El Señor os dará su Espíritu

1. Fuego, viento, agua

Qué difícil es expresar lo que significa el Espíritu Santo. Como es difícil expresar el amor y la belleza, y sin embargo los sentimos y vivimos.  Por eso, recurrimos a los símbolos, como siempre que intentamos describir lo sublime, lo inefable. Por ejemplo, el símbolo del fuego que calienta y purifica, el agua que crea vida, el viento que es energía.
También seguimos el rastro del Espíritu por los frutos que de él nacen en el corazón del hombre. Sólo el Espíritu de Dios explica la fortaleza de los mártires de hoy en Argelia (¿Habéis visto la película “Dioses y Hombres”?), la paz de una viuda que perdona al terrorista, la esperanza de un cristiano en medio del sufrimiento. Hay acontecimientos, como el Concilio Vaticano II, a los que llamamos nuevo Pentecostés.
La vena de agua, que corre bajo la tierra, no se ve, pero crea vida y belleza; un día se agosta, y crece el desierto. Nos cuesta hablar del Espíritu, mas si nos faltara vendría la muerte sobre la Iglesia. Pero no; la Iglesia está viva, tiene “espíritu”. El mismo Jesús nos ha enseñado a llamarlo defensor, abogado, revelador.

2. Palabra

Ningún evangelio describe la venida del Espíritu Santo, tan anunciada y prometida por Jesús. San Juan ve al Espíritu como fruto de la Resurrección. “Recibid el Espíritu Santo”, les dice Jesús a los apóstoles al anochecer del primer domingo; y llegan los dones de perdón, de alegría, de paz, de envío misionero. Es la nueva creación donde el Espíritu nos hace hombres de corazón nuevo. Antes, en la primera creación, Dios sopló sobre el hombre su aliento vital y el espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas.
Los Hechos de los Apóstoles nos describen con detalle la escena. Está junta la comunidad de los apóstoles y, de repente, todo se estremece. Aparecen los símbolos: un viento recio, lenguas de fuego que se posaban sobre la cabeza, hablar en mil lenguas. El Espíritu tiene nombre de viento o aliento divino. Este fuego  evoca el fuego del Sinaí, lugar de la alianza,  que celebraban en la fiesta de Pentecostés. Es el fuego al que cantamos: “Oh llama de amor viva, que tiernamente hieres de mi alma en el más profundo centro”. Las mil lenguas eran un canto a la universalidad de la Iglesia. “Cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa”. Ninguna lengua, ninguna cultura tiene el monopolio de la fe en Dios. Medos y persas, forasteros y judíos: inmigrantes o del país, más tradicionales o más abiertos a la renovación. Todos.
Lo importante era cantar las maravillas de Dios. Y con tal fuego que los creían borrachos. Sí, ebrios de Espíritu hasta arriba

3. Vida

Al calor de Pentecostés, nació la Iglesia, comunidad de hombres y mujeres traspasados por el Espíritu. Hoy es el día fundacional, el cumpleaños de la Iglesia.  Es hora de sentirnos un solo Cuerpo de Cristo y muchos miembros, de proclamar el gozo de pertenecer a la Madre Iglesia. Este es el ámbito donde crecemos, celebramos y anunciamos nuestra fe. Familia de santos y de pecadores, pero con la certeza de que el Espíritu hincha las velas de la Iglesia.

Y en el fondo de esta Iglesia mana siempre el agua del Espíritu. Todos bebemos de un mismo Espíritu. Aquí hay muchos miembros, muchos carismas, muchos dones. Por ejemplo, los carismas de comunión, de una fe contagiosa, de comunicar bien la fe, de ser instrumentos de paz. Hay que suscitarlos y gozarnos en ellos. Nunca estorbar que se manifiesten, nunca apagar el Espíritu. De esta manera, el Espíritu Santo dará frutos en nosotros; los que señala San Pablo: amor, alegría, paz, compasión, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y templanza. Alumbrar estos frutos  es vivir según el Espíritu;  lo demás sería un espiritualismo “poco espiritual”. Porque sólo este Espíritu es el que nos enseña a gritar el nombre de Dios: ¡Padre!

Todo tiene que acabar en la misión. Es el Espíritu el que nos impulsa a contar las maravillas de Dios. Hoy es el día del apostolado seglar, es la hora de los laicos. Más del noventa y ocho por ciento de la Iglesia lo componen los laicos. Dicen que es el gigante dormido que ha de despertar. Eso de la mayoría de edad del laicado no puede quedarse en palabras bonitas.  Es necesario un nuevo Pentecostés, con laicos “ebrios” del Espíritu de Dios: “Con fuego en el corazón, palabra en los labios y profecía en la mirada” (PabloVI).

Si la cosa es así, sólo nos queda gritar bien fuerte. Ven, Espíritu Santo.

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