Comentario al Evangelio del

Juan Carlos Martos, cmf

Queridos amigos y amigas:

La vida humana tiene un componente incurable de dolor y de sufrimiento. Nacemos llorando… y las lágrimas nos acompañan en no pocos momentos de nuestra existencia hasta el final. La vida cristiana participa también de este misterio. En efecto, todos portamos nuestras heridas: las de la vida y las de la fe. Por ello, no debemos proponer a nadie, menos a los niños, que ser cristiano sea algo así como un viaje a Disneylandia o como una frecuente visita a la clínica que previene todo dolor. Es algo muy distinto.

Jesús profetiza que el llanto y el lamento de los suyos será simultáneo al gozo del mundo. Como vemos, es una profecía extraordinariamente dura, que cuando se cumpla hará que se resientan y tambaleen los cimientos de la fe. Son muchos los que han tirado la toalla al experimentar la dureza del seguimiento de Jesús. La tristeza se convierte en una de las más difíciles pruebas de resistencia por las que pasa la fe. Por eso, Jesús quiere iluminarla desde la Pascua, única clave que le da sentido.

La comparación con una mujer que da a luz es sumamente adecuada para hacerlo entender. La desolación de aquella es transitoria. No es estancia definitiva, sino espacio de transición, puerta de entrada. Lo importante es lo que está detrás de esa puerta, no la puerta misma. Cuando se entiende esto, el dolor se relativiza, convirtiéndose en un lugar de nacimiento de lo nuevo y definitivo. La muerte y la desesperación quedan desactivadas y pierden su veneno.

Pablo fue uno de los muchos que han recibido esa revelación. En Corinto experimentó el miedo a predicar, el amargo sabor del fracaso, la inutilidad aparente de su predicación, la misma “insignificancia” de Cristo entre aquellos a quienes lo anunciaba... Tuvo que ser el mismo Señor -¿quién si no?- el que le consolara  y le motivara a no callar, a no cejar en su misión. El fracaso apostólico duele. Ese dolor produce miedo. Y el miedo es el peor de los consejeros. No hay que atenderlo. La fidelidad apostólica en el camino de la aparente inutilidad desvelará su sentido al final.

Nos toca a nosotros aprender de todo esto. Mientras lo hacemos, sigamos caminando con la música, el ritmo y la letra del salmo 125: “Al ir iban llorando, llevando la semilla. Al volver, vuelven cantando, portando las gavillas”.

Vuestro amigo y hermano,
Juan Carlos cmf

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