Comentario al Evangelio del

Conrado Bueno, cmf

Que viene el Espíritu


1.- Tiempo de Pascua
Hay que repetirlo. Seguimos en la alegría de la Pascua del Resucitado. Todo el tiempo pascual es como un domingo largo, continuado. El cirio pascual nos preside, su llama no se apaga. Que no se cansen los cristianos de vivirlo.

El Evangelio sigue en la Última Cena, pero los Hechos de los Apóstoles nos recrean la gracia de la primera comunidad cristiana. Tras los nubarrones de la despedida para ir a la muerte, brilla el color y la frescura de aquella Iglesia de resucitados, llenos del Espíritu Santo. Pero en los dos escenarios abunda la presencia trinitaria, el Dios uno y trino: el Padre que nos ama, el Hijo en cuyo nombre somos bautizados y el Espíritu Santo prometido como abogado nuestro.

En algunas regiones, como en España, hoy es el “Día del enfermo”. Todos los días hay mucho dolor entre nosotros, pero en este domingo lo hacemos memoria, oración y compromiso.

2.- Palabra

El Evangelio se abre con una promesa consoladora, dentro de la tristeza de la despedida: “No os dejaré desamparados” dice el Maestro.  Jesús nos mete a todos en ese círculo maravilloso del misterio divino:”Yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo en vosotros”. E insiste, por si no estaba claro: “Al que me ama lo amará mi Padre, y yo también lo amaré”. Esto es posible por la acción callada del Espíritu Santo, como “sangre divina” que a todo da vida.

Es el mismo fuego del Espíritu que ponía a andar a la Iglesia naciente. Todo es encanto en esa comunidad cristiana. ¿Podemos subrayar alguno de esos encantos? El único objeto de su predicación es Cristo. La palabra era acompañada de obras, muchos eran curados. La gente escuchaba con aprobación y  la ciudad se llenó de alegría. Todo sucedía en campo difícil,  en Samaría, en tierra enemiga. Tal era la cosecha de evangelio que la Iglesia madre de Jerusalén quería gozarse y confirmar tanta fe. Y fue la comunidad misma la que envío a los apóstoles Pedro y Juan. Estos llegaron  e “imponían -no, normas- las manos, y recibían el Espíritu Santo”. Era la grandeza de la unidad y de la comunión en la Iglesia.

3.- Vida

De entrada, nos invitamos a estar abiertos al viento del Espíritu. El es nuestro abogado, porque es el Espíritu de la verdad y del amor. El Espíritu Santo nos unge, nos empapa de la vida de Dios. Luego, va todo en cadena: nos sentimos amados por Dios, salimos a decir que “hemos conocido el amor” y este amor nos urge a amar a los demás; así sucedió en Samaría, donde los mismos que eran odiados por los judíos eran amados por los cristianos.

Este es también el Espíritu que edifica la Iglesia. Aquí posee un sentido sacramental la palabra de Jesús: “No os dejaré huérfanos”. Somos Iglesia, esta es nuestra Iglesia, esta es nuestra madre. Somos muchos los hermanos, los ungidos hijos de Dios. Porque el Espíritu es su defensor, esta Iglesia no tiene miedo, no anda a la defensiva, no busca apoyaturas mundanas sino evangélicas. Que nadie se salga del guión de Samaría: predicar a Cristo sólo, consolar, llenarse de alegría, orar por los hermanos e imponer las manos como señal de la llegada del  Espíritu. Claro que a todos nos toca trabajar para hacer la “Iglesia de Jesús”, hermosa, pura como su Señor.

Nos acordamos de los enfermos. Hoy es su día en algunas Iglesias. Como el diácono Felipe, salimos a curar. Como Jesús, sentimos compasión y queremos “tocar” de cerca a los que están malos. Muy importante: no nos olvidemos de los que cuidan a los enfermos: familiares, personal sanitario, pastoral cristiana, todos. Son ángeles para los que sufren.

¡Cuántas cosas, y todas  son don y fruto del Espíritu Santo!

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