Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

 

      Hemos de ser honestos. En este mundo se trabaja por la paz y la justicia como no se ha trabajado nunca antes. Los esfuerzos de las Naciones Unidas han hecho que muchos ejércitos se dediquen a trabajar por la paz en lugar de hacer la guerra. Los “cascos azules” nos han hecho ver otra imagen de lo que puede hacer un ejército. Es cierto que esos “cascos azules” no están exentos de pecado. A veces su presencia se debe a intereses de las naciones más poderosas. Otras ellos mismos abusan de la población que van a proteger. Pero en la mayor parte de los casos, su presencia es señal de paz. Y en muchas ocasiones han logrado estabilizar regiones que llevaban largo tiempo en conflicto. 

      Pero, con todo, a esa paz todavía le falta algo. Los “cascos azules” se interponen entre los contendientes, logran que la guerra se detenga. Es algo pero no es todo. La paz no es sólo ausencia de guerra. Es mucho más. La paz es justicia. La paz es buena relación con los demás  –vecinos, pueblos, religiones, culturas– y con nosotros mismos. La paz es respeto a los derechos humanos. La paz es plenitud de la persona que se siente bien consigo misma, que se siente reconciliada,  y es capaz de relacionarse desde la serenidad consigo misma, con los demás y con la creación entera. Desde esa paz se pueden enfrentar los conflictos pero nunca la violencia será una posible solución. Porque la paz no significa que no haya conflictos. La persona pacífica y pacificada sabe que hay conflictos –pertenecen a la esencia del crecimiento, de la vida misma– pero los enfrenta desde una perspectiva diferente a como los solemos enfrentar en este mundo. La violencia, bajo ninguna de sus formas, es una alternativa para solucionar el conflicto. El diálogo, la comprensión, la paciencia todas son actitudes que acompañan a la paz y que hace su morada en el corazón de la persona pacífica. 

      Esa es la paz que nos regala Jesús. Es una paz que hace fuertes a los hombres y mujeres que la acogen. Con la paz de Jesús se enfrentan los problemas de la vida, sin miedo, sin temor, con coraje y valentía. La paz que nos regala Jesús no nos hace mojigatos sino todo lo contrario. Los discípulos de Jesús salimos a la vida con la paz como nuestro mayor tesoro y como hombres y mujeres libres compartimos la paz con todos los que nos encontramos a lo largo del camino. Nos tenemos que alegrar del trabajo de los “cascos azules” pero el regalo de Jesús nos compromete a seguir trabajando por la paz.

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