Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

 

      En el relato de los Hechos de los apóstoles hoy se lee una historia sorprendente. Pablo y Bernabé en su deambular predicando la buena nueva, llegan a Listra. Allí se encuentran con un hombre, cojo de nacimiento, en el que Pablo ve “la fe suficiente para curarlo”. Y se produce el milagro. La respuesta de la gente es ver en Pablo y Bernabé la encarnación de sus dioses. Allí mismo quieren ofrecerles un sacrificio. Los menesterosos son así. Se llenan de agradecimiento ante el que les ofrece la salvación y los terminan confundiendo con dioses. Lo extraño no es la respuesta de la gente. Lo extraño, lo que nos puede servir de lección es la respuesta de Pablo y Bernabé. ¡No son dioses! Los dos tienen plena conciencia de que son solamente emisarios, portavoces, anunciadores, mensajeros, de la buena nueva de Jesús. 

      La comunidad de Jesús es la comunidad de hombres y mujeres iguales. La gloria del Abbá, del Padre, es la gloria del hombre. Lo que Dios quiere es el bien y la salvación de la persona, de toda la persona y de todas las personas. El amor es el nuevo camino que nos trae Jesús. Todos sus mandamientos se condensan en vivir el amor como entrega total por el bien del otro. En el acto de amar es como Dios se nos revela en toda su riqueza. No podía ser de otra manera porque Dios es amor. En el amor mutuo, en el amor fraterno, en el amor universal, es como se manifiesta la presencia de Dios en toda su riqueza. Dios hace su morada en los hombres y mujeres que aman sin medida, que derrochan todo lo que tienen y lo que son por el bien de sus hermanos y hermanas. Ni Pablo ni Bernabé son dioses pero llevan la presencia de Dios con ellos. 

      Los grandes testigos de Dios no son los que hablan mucho de él ni los que escriben libros sesudos de teología. Los testigos verdaderos de Dios son los que aman, la mayoría de las veces en silencio, sin hacer ruido, sin publicidad, a sus hermanos, los que entregan su vida sin medida. En ellos Dios hace su morada. Dios habita en ellos. Basta con que abramos los ojos y seguramente veremos esa presencia de Dios en el cariño de aquella enfermera con sus pacientes, en el amor de aquel matrimonio anciano, en la generosidad de los jóvenes voluntarios y en tantas otras personas que hacen de su vida un acto de amor por los demás. En ellos todo el año es Pascua.

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