Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

Jesús no estuvo entre nosotros para vivir a escondidas y sin musitar palabra. Es el Revelador: no puede pasarse los días de incógnito, como una sombra fugitiva, como un testigo vergonzante de Dios. Jesús es la luz que brilla en la tiniebla, porque la tiniebla no logró sofocarla. Ya desde el primer signo, la transformación del agua en vino abundante y generoso, manifestó su gloria; al percibirla, los discípulos creyeron en él.

Nos toca escuchar y cumplir, escuchar y guardar. “Guardar” es una traducción muy atinada. Nos hace evocar a quien está encargado de la vigilancia de algo; por ejemplo, de un tesoro. Es un centinela, un custodio, y tiene la atención fija en lo que se le ha confiado. Le va la vida en ello. La palabra de Jesús es un gran tesoro, hay que “guardarla”. El guardián de la palabra no deja que vengan los pájaros del cielo y se lleven esa semilla preciosa; el guardián de la palabra no la lleva como un libro en el bolsillo del chaleco, sino que la interioriza y la hace suya (León Felipe). El guardián de la palabra deja que esta vaya modelando su modo de pensar, de sentir, de actuar, de reaccionar, porque ella es como el espejo en que se mira y en que confronta lo que de hecho es y lo que la palabra lo insta a ser. Le va la vida en ello.

Los judíos ortodoxos, en ciertos rezos, llevan filacterias (“guardianas”, cabe traducir), unas envolturas de cuero que guardan tiras de pergamino con textos de las Escrituras. Las sujetan, una, al brazo izquierdo, y la otra, a la frente. Nuestras filacterias han de ser el corazón creyente que medita, los brazos hacendosos y las manos diestras en la práctica. Seamos vestales que día y noche mantienen vivo el fuego de la Palabra.

Vuestro amigo
Pablo Largo

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