Comentario al Evangelio del

Conrado Bueno, cmf

El Señor es mi Pastor

1.- La vida resucitada
Desaparecen de escena los testigos de la resurrección -Magdalena,  Tomás, los de Emaús-, y aparece el valor profundo que ellos anunciaban: la vida resucitada. “He venido para que tengan vida y la tengan abundante”, proclama hoy el Evangelio.
Jesús lo expresa en la alegoría del buen pastor. Igual que dijo: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, “Yo soy la vid verdadera”, “Yo soy la luz del mundo”, “Yo soy el pan de vida”, de la misma manera, este domingo, se nos revela: “Yo soy el Buen Pastor”. Es la imagen bíblica, campestre, bucólica. Pegaba muy bien en un pueblo con cultura de pastoreo nómada.
Las ovejas que nos gloriamos de tal pastor estamos lejos del lado oscuro del “borreguismo”; más bien, nos acordamos de los dibujos tiernos de las catacumbas, donde la de pastor es la primera imagen de Jesús. ¿Y cómo no recrearnos en la voz de la poesía que canta a Jesucristo, pastor?: “¿Y dejas, Pastor Santo, tu grey en este valle hondo, oscuro…?”, “Pastor que, con tus silbos amorosos, me despertaste del profundo sueño. Tú que hiciste cayado de ese leño en que tiendes tus brazos poderosos”.

2.- Palabra
Es interesante evocar la circunstancia. Los fariseos han echado fuera de la sinagoga al ciego de nacimiento; les da en rostro la luz que Jesús ha devuelto a los ojos de aquel pobre sin vista. Es decir, pertenecen a los malos pastores porque, más que cuidar, machacan a sus ovejas con mil cargas pesadas y rigorismos inútiles.
Aquí se sitúa la alegoría del pastor. Jesús, en la metáfora, se identifica como la puerta del aprisco, como el pastor que entra por la puerta y no como el bandido, como el pastor bueno y no mercenario. Qué bien va describiendo Jesús su relación amorosa con las ovejas: El buen pastor las conoce a todas, las llama por su nombre, las saca a los pastos, camina silbando delante de ellas y da su vida por ellas. En correspondencia, sus ovejas lo conocen, escuchan su voz y le siguen. Sin alegorías, Pedro, en la lectura segunda, nos presenta a Jesús como el pastor-siervo sufriente, inocente, paciente, redentor siempre: “Sus heridas os han curado”, nos recuerda.
Jesús establece un paralelismo revelador: Igual que el Padre le ama, él ama a sus ovejas. Aún más. Es que las ovejas son del Padre, y el Hijo da la vida por ellas, y por eso el Padre le ama. Todo, un círculo sublime.

3.- Vida
Porque creemos en un pastor que tanto nos quiere, se despierta nuestra confianza en él. No nos cuesta escuchar su voz, conocerle cada día más, seguirle hasta la muerte. Pronto desenmascararemos a los falsos pastores, a tantos ídolos, “que no saben decirme lo que quiero”. Y es que Jesús no sólo es la vida y nos da su vida, es también el camino y la puerta para esa vida. Curiosamente le llamamos pastor… y “cordero que quita el pecado”. Pastor que coge en sus brazos a la oveja herida, al triste, al desvalido, al pecador. Él nos dice como a sus discípulos: “No temas, pequeño rebaño” Y nosotros lo creemos.
Es urgente darnos cuenta de que todos hemos de ser buenos pastores; no sólo los jefes, los dignatarios,  “los de arriba”. Como seguidores e imitadores de Jesús, nosotros llevamos a nuestra vida su modo de pastorear, es decir, de cuidar, de proteger, de curar heridas, de coger en brazos, de dar la vida y des-vivirse por los demás. Igual que a Pedro,  nos pregunta Jesús: “¿Me amas? Pues, apacienta a mis ovejas”. Sólo desde el amor tiene sentido. La credibilidad y autoridad moral de los hombres y mujeres de la Iglesia va en relación directa con la capacidad de dar la vida; y vida es ser misericordiosos, lavar los pies, hacerse  samaritanos, consolar, tener pasión por la justicia. Lo contrario es propio de ladrones y bandidos: actitudes rígidas, legalismos que aplastan, frialdad ante el sufrimiento del otro.  Es lo que denunciaba Jesús en los fariseos. (¿Podríamos preguntarnos aquí el porqué de la marcha silenciosa de tantos cristianos bautizados que nos abandonan?). La palabra mágica que repite el Evangelio es “servir”; servir a todos, no servirse de nadie.
Esta regla de oro para un buen pastor la hacemos hoy exigencia en el Día de Oración por las Vocaciones. Queremos presbíteros y religiosos en el gozo de haber sido llamados por su nombre, en la experiencia de escuchar la voz del Maestro, en la capacidad de comunión, en la santidad.
La Eucaristía es el punto de encuentro más verdadero entre el pastor y las ovejas. Copiamos a Luis de Gógora:
“Oveja perdida, ven
sobre mis hombros, que hoy
no sólo tu Pastor soy
sino tu pasto también.

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