Comentario al Evangelio del

Samuel Sueiro, cmf

 

Hoy celebramos la fiesta de san Matías, el apóstol que fue designado para ocupar el puesto dejado por Judas, hijo de Simón Iscariote. En él recordamos que el núcleo del ministerio apostólico reside en testimoniar la resurrección, ese fruto último que el Espíritu del Padre produjo en la vida incomparablemente entregada de Jesús.

Será el encargo de Jesús en el Evangelio el que describa cómo desarrollar este testimonio: permaneciendo en su amor, para que nuestra alegría llegue a plenitud. Es el testimonio vivo de no hallar nada más grande que a un Dios «amigo» que produce vida en y para nosotros. Un Dios preocupado por nuestros mejores frutos que nos sostiene cada día para que el amor perdure y colme de alegría nuestro mundo. ¿Cómo es posible que sigamos pensando el mandato del amor como una carga o una imposición? ¿Cuándo comprenderemos de corazón que Dios nos llama «amigos», y que no hay nada mayor en la vida que reconvertir todo lo que somos con ese amor? Para eso nos ha elegido Jesús, para sacarnos de iniciativas vanas y llevarnos a nuestras más altas posibilidades, dándonos a conocer el corazón de Dios.

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