Comentario al Evangelio del

Samuel Sueiro, cmf

 

Tras haber elegido a siete «servidores», hoy se nos narra en la primera lectura el ministerio propio del primero de ellos. Esteban lleva a cabo su ministerio en profunda continuidad con el del Señor, haciendo suyo el modo de vivir de Jesús. Al no hablar por cuenta propia, sino como enviado, desprende un estar «lleno de gracia y poder», de «sabiduría y espíritu». Esa sabiduría que brota en nuestra vida cuando permitimos a Dios llevar las riendas y hacemos del Evangelio nuestro latir. O en palabras del Salmo de hoy, quien recorre el camino de la voluntad del Señor, de lo que con profundo amor quiere Él para nosotros, sentirá la dicha de ver su vida como gracia, presencia, amistad y compañía de Dios.

Por eso el Evangelio sostiene dos puntos especialmente importantes: es preciso buscar a Jesús cada día y preguntarnos cómo llevar a cabo lo que Dios quiere de nosotros. Necesitamos buscar a Jesús donde Él está, porque no basta con sabernos todo de carrerilla; muchas veces, o cruzamos a la orilla de Jesús buscándole con tiempo, confianza y esfuerzo o nos quedamos sin el alimento de vida, consuelo y fortaleza que Él nos puede dar. Y es preciso preguntarnos —y preguntarle— cada día cómo ocuparnos de los trabajos que Dios quiere. Para Jesús es clara la respuesta: creer en Él. Creernos que no actúa porque sí, sino como enviado y testigo del Padre. Creernos de verdad la Buena Noticia como lo que es: una novedad buena, anhelada, humanizadora. Confiar en Él y confiarnos a Él cada día. He aquí la mayor obra que está en nuestra mano. Esta lógica fue la que descubrió Esteban en Jesús e hizo suya, la lógica de la eucaristía, que no nos alimenta en vano.

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