Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos amigos y amigas:

Hoy, Sábado Santo, contemplamos la tumba de Jesús. No decimos nada. No celebramos nada. Estamos inundados de silencio. Una parte de nosotros mira a la noche de la muerte. La otra intuye lentamente la alborada.

Nuestra vida entera es un sábado santo. Nos habitan los recuerdos de todas las muertes que anticipan la nuestra. Nos reclaman todas las primaveras que anuncian nuestra resurrección.

No es fácil vivir un día como hoy. Algunas comunidades prolongan el gran ayuno de ayer. De esta manera se preparan para el gozo de la Vigilia Pascual. En muchos lugares, el Sábado Santo se ha convertido en un día de reposo tras la intensidad litúrgica de los días pasados. En la mayoría, es un día de vacación o de entretenimiento.

Dondequiera que nos encontremos, hay tres preguntas que pueden ayudarnos a templar nuestro ánimo en este “no-día”, en esta celebración de ese extraño artículo del Credo que reza: “fue sepultado”.

¿Qué esperanzas he ido sepultando a lo largo de mi vida?
¿Qué preguntas me repito con más frecuencia en el último tiempo?
¿Qué anhelos anidan todavía en mi corazón?

Que la Vigilia de esta noche nos inunde de la luz, de la Palabra, del agua y del pan que necesitamos para hacer más sabrosa nuestra vida.
Hasta la semana de Pascua, si Dios quiere.

¡Feliz domingo de Resurrección!

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