Comentario al Evangelio del

Ciudad Redonda

Queridos amigos y amigas:

Esta noche, en el Coliseo de Roma, el Papa Benedicto XVI, hablará de los sepulcros en los cuales yace hoy Jesucristo, y nos ofrecerá algunas claves para iluminar el misterio del dolor y de la muerte.

La muerte entra a diario en nuestras casas a través de la ventana de la televisión. Nos ofrece cadáveres de soldados, niños, mujeres, periodistas ... Al contemplar las fugaces imágenes en la pantalla o con más calma en los periódicos, siento algo parecido a lo que siento ante un crucifijo: ¿Quién tiene derecho a tronchar una vida? ¿En nombre de qué causa el ser humano puede disponer de la vida de los demás? ¿Cómo se puede reparar la pérdida de un niño inocente que está abriéndose a la existencia? ¿Qué argumentos nos van a convencer de que estas muertes son “daños colaterales” al servicio de no sé qué libertad?

Mientras tengamos que sacrificar vidas humanas para obtener supuestos beneficios, seguiremos viviendo en un permanente e injusto Viernes Santo.

Os invito, amigos y amigas, a colocar junto a vuestro ordenador, una cruz y, sobre ella, la foto de alguna víctima de cualquier otro acto violento. Mirando contemplativamente el conjunto, podemos rezar esta oración:

ANTE EL CRUCIFICADO

Amigo y hermano, Jesucristo,
hemos llegado al pie de esta cruz en que expiras,
para contemplarte y para escucharte en silencio.
Para verte clavado en ese madero
que se agiganta a nuestros ojos,
que surge de los abismos
y traspasa los cielos.

Tu cuerpo llena todos los espacios
y rompe todos los confines.

Hemos venido para oír tu voz
que resuena como un grito silencioso
en el corazón de todos los seres.

Abrimos los ojos y los oídos
para llenarnos de ti,
y hacemos silencio en nuestro interior
para que la única Palabra
no encuentre interferencias
de falsos mensajes, de ruidos importunos.

Estamos aquí desconcertados, asombrados,
sin entender nada,
como un niño ante su padre muerto.
No queremos pensar.
No nos importa comprender.
Nos basta mirar y ser mirados.
Nos basta tu presencia.

Sólo queremos que en la retina de nuestros ojos
queden grabados los tuyos;
que la luz que irradia tu rostro
ensangrentado, desfigurado, profanado,
vaya calando lentamente nuestro corazón.

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