Comentario al Evangelio del

José M.ª Vegas cmf

 

La palabra de Dios de esta tercera semana de Cuaresma insiste en la actitud de la conversión y en sus implicaciones: el perdón, la observancia en los pequeños detalles de la vida, la apertura a los signos de la presencia de Dios y, como síntesis de todas ellas, la centralidad del amor. La conversión, en lo que tiene de arrepentimiento, implica un movimiento hacia dentro de sí, pero no puede quedarse ahí, sino que acto seguido tiene que volverse hacia Dios, hacia Jesús y, como consecuencia necesaria, hacia los demás. No podemos contorsionar sobre nosotros mismos para encerrarnos en nuestro interior. Este es un peligro que debe ser evitado. Y este peligro no se da sólo en el nivel personal, sino también en el colectivo: como pueblo, como grupo social, también como Iglesia. Jesús recuerda a sus paisanos que la gracia y la salvación de Dios no son asunto exclusivo de Israel, y lo hace poniendo como ejemplos de la acción salvífica a personajes, como Amán, el sirio, o la viuda de Sarepta, es decir, gentes que pertenecían a pueblos ajenos a las promesas, incluso tradicionalmente enemigos de Israel. También nosotros, cristianos del siglo XXI, hemos de tener en cuenta esta verdad. Cuando por el camino cuaresmal tratamos de revisar nuestra vida, renovarnos por dentro por medio de la oración y el ayuno, no podemos concentrarnos en nosotros mismos hasta el punto de olvidar al resto del mundo, a los demás, también a aquellos que de un modo u otro, por motivos personales, ideológicos, incluso religiosos, están lejos de nosotros. Jesús nos llama a levantar la cabeza y a mirarlos cara a cara. Dios quiere que también a ellos les llegue la salvación. Y nuestra conversión no puede ser ajena a esa voluntad. Si nos consideramos miembros del pueblo elegido, de la Iglesia de Cristo, esto no sólo no nos aísla de todos los demás, sino que nos tiene que llevar a abrir los ojos para ver en ellos a destinatarios iguales a nosotros de los favores de Dio; la conversión significa que nosotros somos los profetas y servidores, mediadores para ellos de esos mismos favores. Si no es así, es que nuestra conversión no es verdadera. Estaremos haciendo de nuestra fe un privilegio, algo privado y exclusivo, en vez de un don que es también una responsabilidad. Y, en tal caso, Jesús, al que creemos conocer bien, al que tenemos por alguien nuestro, se convertirá en un extraño; y bien puede suceder, como les sucedió a los celosos e iracundos paisanos de Jesús, que él, abriéndose paso entre nosotros, simplemente se aleje…

Saludos cordiales

José M.ª Vegas cmf

http://josemvegas.wordpress.com/

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