Comentario al Evangelio del

Francisco Javier Goñi, cmf

Otra vez Jesús escandalizando. La novedad radical de su mensaje sobre Dios y la Salvación del hombre le llevaba a romper continuamente con las estructuras y costumbres de la religión judía de su tiempo. Se acercaba a los que más sufrían; enfermos, pecadores, publicanos, prostitutas eran sus preferidos; con ellos compartía la vida, a ellos ofrecía la curación y el perdón, a ellos llamaba a la conversión, a ellos invitaba a seguirle. Y con ellos –el colmo de los colmos–, se sentaba a comer. Compartir la misma mesa para los judíos es el mayor gesto de amistad y acogida que se puede tener con alguien: es símbolo de que se quiere compartir todo, hasta la propia suerte y destino, con aquellos con quienes se comparte el pan y el vino. También nosotros, pecadores como aquellos, nos acercamos invitados por Jesús a compartir el Banquete de la Eucaristía: en él, el Señor nos declara su amistad, se encuentra con nosotros, nos entrega su vida y nosotros recibimos su perdón, su Palabra, su Amor, la Vida Nueva.

Ante aquel espectáculo de fiesta y comida compartida con pecadores indignos, vuelven de nuevo a la carga los judíos observantes: “¿Cómo es que coméis y bebéis con publicanos y pecadores?”. No conseguían entenderlo: si realmente Jesús venía de parte de Dios tendría que sentarse a la mesa con los puros y perfectos, como ellos. No comprendían que también ellos, quizás más que nadie, eran pecadores necesitados del amor y el perdón de Dios. La respuesta de Jesús no se hace esperar: Él ha venido a sanar y salvar corazones y vidas; Él ha venido para atender precisamente a los pecadores, a los que necesitan la Salvación de Dios. El problema de aquellos escribas y fariseos era el no querer reconocer que también ellos eran pecadores, necesitados por tanto del amor salvador que Jesús había venido a traer. Pero no eran conscientes de ello: se creían justos. Y así, Jesús no podía hacer nada por ellos.

Líbrenos Dios de esa terrible ceguera que nos impide ver que no somos mejores que nadie, que el pecado mancha también nuestro corazón, y que necesitamos como el que más que Jesús nos mire, nos perdone, nos ame, nos sane, nos libere, nos salve. ¡Qué inmensa felicidad cuando te das cuenta de que a pesar de no ser digno Él te invita a la mesa, te regala su vida, te perdona, te ama, transforma y convierte tu corazón y te llama a seguirle!

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