Comentario al Evangelio del

Francisco Javier Goñi, cmf

Miércoles de Ceniza: comienza la Cuaresma. Escuchamos la llamada de Dios a la conversión. Una llamada que Jesús concreta en el Evangelio de hoy en la limosna, la oración y el ayuno. Formaba parte del núcleo de la predicación de Jesús, y lo repetía doquiera que fuera y a todos los que se encontraba: “El Reino está cerca: convertíos y creed la Buena Noticia”. La llamada de Jesús parte de un anuncio, de una alegre noticia: el Reino está cerca de vosotros. En Él se personifica y con Él comienza, extendiéndose como la levadura a través de los que le sigan hasta fermentar toda la masa. No se puede entender la llamada a la conversión que el Señor nos lanza sin haber sido tocado primero por esa gran noticia de la presencia del Reino que se inicia con Jesús. Por eso, lo primero es descubrir en Jesús el Amor inmenso del Padre y su Plan de Salvación, que comienza con Él. Sólo el que se deje inflamar por el Amor de Dios en Cristo Jesús podrá iniciar un verdadero camino de conversión. Por eso, nuestro primer esfuerzo cuaresmal necesariamente ha de ser el de la oración: el encuentro personal con el Señor en los Sacramentos, en la Liturgia y en la oración personal y comunitaria. Eso sí, vividos no como pura rutina, ni para aparentar, ni como un mero esfuerzo narcisista de voluntad, sino desde el corazón, con la humildad del que se abre para dejarse hacer por el Espíritu de Dios.

Y entonces sí, cuando nos dejamos hacer por Él, nuestro corazón se vuelve a Dios, se “con-vierte” a Él. La Cuaresma es la gran oportunidad que la Iglesia nos ofrece para convertir realmente nuestro corazón a Dios. Y esto es algo que sólo Dios mismo puede hacer en nosotros si nos dejamos transformar por Él. La conversión es un don de Dios, que hay que pedir insistentemente, con “determinada determinación”. Lo único que nosotros podemos hacer es dejarnos transformar por el Espíritu, cooperando con la gracia y quitando obstáculos a su acción, especialmente los que nacen de nuestro yo egoísta y volcado sobre sí mismo. Y aquí encuentran su verdadero sentido las otras dos propuestas penitenciales de la Cuaresma: la limosna y el ayuno. La renuncia a uno mismo se verifica y realiza en actos concretos: en actos de entrega por amor a quiénes más te necesiten, en renuncias a caprichos por ofrecer una ayuda económica a los más pobres, en pequeños sacrificios, como el ayuno, con los que negarte un poco a ti mismo para amar más a Dios y al hermano.

Y cuidado, que todo nazca del corazón y todo sea por amor y para amar. Que no sea por orgullo, por sentirme mejor que otros, por aparentar, o por mero cumplimiento de leyes y normas. Nuestro yo egoísta estaría volviendo a la carga sin dejar sitio a Dios y sin dejarle convertirnos de verdad.

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