Comentario al Evangelio del

Silvia Ugarte

Queridos hermanos:

Conocemos el mundo por los sentidos, la vista suele ser uno de lo más apreciados. Siempre he pensado lo triste que debe de ser no poder ver, sobre todo si después de haber tenido esta facultad, se pierde por algún motivo. Este aprecio especial no significa que los demás sentidos sean menos útiles, están en nuestro cuerpo y es porque cada uno tiene una función irreemplazable.

El evangelista nos cuenta hoy que el ciego Bartimeo estaba al borde del camino y cuando supo que pasaba cerca de allí Jesús, el hijo de David, comenzó a gritarle que tuviera compasión de él (Mc 10, 47-48). También nosotros cuando nos vemos en problemas, en situaciones difíciles, de sufrimiento,… clamamos compasión y solución. De algún modo nos vemos reflejados en el ciego del texto.

Pero ¿qué sucede cuando somos incapaces de ver? ¿O cuando no queremos percibir la realidad? ¿También pedimos que se nos conceda la vista? Pueden ser muchos los motivos y las direcciones de nuestra ceguera. Hay ocasiones en que no vemos porque estamos tan dentro del meollo que nos es imposible y son los de fuera quienes dan la voz de alerta: mira! Otras, en cambio, “no conviene” observar hacia nuestro interior o a nuestro alrededor y optamos por padecer la ceguera conscientemente.

Por otra parte, podemos convertirnos en impedimento para que otros vean, como aquellos que no querían que Jesús escuchara el clamor de Bartimeo; o bien ser justamente lo contrario, como aquellos que se le acercan y le comunican que Él le llama.  

En fin, podemos meditar con el texto contemplando la escena desde dentro y encarnar a cualquiera de sus personajes, o incluso agregar alguno más. Siempre con la presencia de Jesús que escucha y ve nuestras llamadas.

Pidamos a Jesús que nos regale la visión en los momentos de ceguera, sea del tipo que sea; y que nuestra mirada sea limpia y sincera.

Vuestra hermana en la fe,
Silvia Ugarte

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