Comentario al Evangelio del

Silvia Ugarte

Queridos amigos:

El evangelio de hoy nos presenta al joven rico. ¿Cuántas veces no nos hemos identificado con él? Solemos hacerlo en una dimensión culpable: vivimos muy apegados a los bienes materiales, a algunas personas, a situaciones…O bien, nos identificamos con este personaje cuando no somos capaces de dar lo que Dios nos pide; y, como consecuencia, nos pesa esa mirada triste con la cual -nos dice el texto- se marcha el joven.

Sin embargo, llama la atención que sea él quien se acerque a Jesús y pregunte por lo que tiene que hacer para ganar la vida eterna. Si seguimos el diálogo posterior parece como si se estableciera un juego de preguntas y respuestas (Mc 10, 18-22).
Me gustaría fijar la atención en este punto. La respuesta de Jesús deja desconcertado al chico. No basta cumplir una serie de normas para entrar en la  vida eterna. La misma no es mérito nuestro, más bien es un regalo de Dios, que ofrece a todos y podemos acogerlo o rechazarlo. Y ambos, acogida o rechazo, traen consecuencias, como toda decisión en la vida. 

Lo que se encuentra al fondo del diálogo es la gratuidad en nuestras relaciones personales y con Dios ¿Alguna vez nos hemos preguntado si sólo establecemos vínculo con aquellos que puedan aportarnos “algo”? o ¿actuamos en la vida de modo que los demás nos “deban” favores? Nuestra fe no queda excluida de estos interrogantes. También tenemos la tentación de creer que haciendo (más que siendo) lo que agrada a Dios nos garantizamos una cierta prosperidad y seguridad en la vida, en esta y en la futura.

Que el Señor nos conceda un corazón generoso, libre frente a la dinámica comercial que nos rodea. Para que con su gracia podamos amar y servir en autenticidad: gratuitamente. 

Vuestra hermana en la fe,
Silvia Ugarte
 

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