Comentario al Evangelio del

Juan Lozano, cmf.

 

Querido amigo/a:

En algunos contextos sociales, a los niños se les ha consentido tanto, que se han convertido en auténticos tiranos frente a sus padres cuando se han hecho adolescentes. Los psicólogos y terapeutas familiares hablan del “paidocentrismo”, el niño como el rey de la casa, el centro de todas las atenciones, el que manda. Una infancia tan consentida da lugar a una adolescencia agresiva que puede derivar hasta en el maltrato físico hacia los propios padres. No es que se haya extendido mucho este fenómeno, pero algunos expertos familiares ponen en guardia ante esta deformación en la educación. En el contexto de Jesús, más bien ocurría lo contrario. Los niños estaban marginados, no contaban para nada y eran mal vistos socialmente, molestaban. Sólo cuando crecían, empezaban a ser alguien. Ser niño no era un privilegio en la época de Jesús.

El Señor los alaba, no sólo porque eran últimos –que lo eran-, sino porque ve en ellos las actitudes que un creyente no debe perder: sencillez, inocencia, capacidad de sorpresa, pureza de corazón, alegría, espontaneidad, disponibilidad, frescura… Y es que si no rescatamos este “yo niño” que todos llevamos dentro, el camino del seguimiento se nos hace muy cuesta arriba. El Señor nos invita a renovar estas actitudes que el mundo adulto ha censurado. No se trata de ser infantiles, sino sacar de nuestros sótanos lo que el desgaste de la vida, las heridas y el paso del tiempo han escondido, lo mejor de nosotros mismos. Hoy sábado recordamos especialmente a María, nuestra Madre. Pidámosla que interceda por todos los creyentes, para que con lo mejor de nosotros seamos dignos de ese Reino que intentamos vivir todos los que permanecemos en la lucha del seguimiento de Jesús. Madre, muéstranos a tu Hijo.
 
Vuestro hermano en la fe:
Juan Lozano, cmf.
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