Comentario al Evangelio del

Carlos Latorre, claretiano

 

La escena de la Transfiguración del Señor es como un paréntesis de luz y de aliento para el grupo de los elegidos, los apóstoles, que se sienten aturdidos ante el anuncio de los sufrimientos que le esperan a Jesús, su Maestro tan admirado y querido. Ellos no consiguen ajustar sus cabezas a semejante situación: ¿Cómo puede ser que el Elegido de Dios tenga que sufrir y tan horriblemente?

Las severas y desconcertantes palabras de Jesús sobre el camino doloroso del Mesías provocan abatimiento y desilusión entre los suyos.

A tres discípulos les otorga el privilegio de una experiencia singular que ayuda a descubrir la verdadera identidad y el destino glorioso de Jesús. Es un momento privilegiado para que, por fin, los discípulos puedan recorrer el camino del Maestro impulsados por la luz de la gloria descubierta en aquella cima del Tabor.

Es la voz del Padre la que desvela la fuente del coraje para todo discípulo dispuesto a seguir el camino de Jesús: Escuchar su Palabra. Sólo en ella está la garantía de la victoria sobre todos los miedos.

Pedro obsesionado por evitarle a Jesús los negros presagios del sufrimiento que se avecina, le propone una solución ideal: quedarse en lo alto de la montaña y no volver a bajar a la llanura para emprender el camino hacia Jerusalén.

Como Pedro, somos muchos los que preferimos la belleza y la comodidad de la montaña antes que bajar de ella para enfrentar los riesgos y desgastes de la vida cotidiana.
 
El autor de la carta a los Hebreos viene en nuestra ayuda con esa bellísima reflexión sobre la fe, que es la única clave para comprender desde la raíz el plan de Dios, la historia de la salvación desde Abel hasta Jesús. Él “inició y consumó la fe” cuando “sufrió la cruz, despreció la humillación y se ha sentado a la derecha del trono de Dios”.
 
 
Carlos Latorre, claretiano
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