Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

 

Este es mi hijo, el amado

 


 

 

      Hay momentos en la vida de las personas que marcan un antes y un después. Pueden ser puntuales, pueden ser procesos en el tiempo, pero no hay vuelta atrás. Se pueden poner muchos ejemplos: cuando un joven se pone a trabajar por primera vez o cuando comienza sus estudios en la universidad –eso implica muchas veces el abandono de la casa familiar– o cuando entra en un noviciado porque quiere ingresar en una congregación religiosa. Incluso en el caso de que se pierda el trabajo, de que se deje la universidad o de que se abandone la congregación religiosa, nada vuelve a ser como antes. 

      El Bautismo de Jesús que hoy celebramos como broche y punto final del tiempo de Navidad viene a ser algo así. Los Evangelios lo sitúan como el gozne que se sitúa entre un antes –un periodo de tiempo del que desconocemos casi todo de la vida de Jesús– y el después –otro tiempo del que tenemos abundante información a través de los Evangelios y que culminará con su muerte en la cruz y la confesión de fe en su resurrección–. El tiempo antes del Bautismo suponemos que fue vivido con su familia en la evolución normal de cualquier niño-chico-joven-adulto de aquel tiempo. Según la tradición Jesús muere en la cruz con 33 años. Si le restamos los tres años de la vida pública que relatan –más o menos– los Evangelios, se podría decir que se bautizó a los 30 años. Eso nos habla de mucho tiempo de vida “normal”, “ordinaria”. 

 

Jesús en busca de sentido

      Pero algo debió suceder para que Jesús se acercase a Juan y le pidiese que le bautizase. Ese algo fue sin duda parte de un proceso en el que Jesús toma conciencia de su misión. Desde nuestra fe confesamos que Jesús era Dios pero también que era plenamente hombre. Por tanto, debió pasar por los procesos ordinarios de reflexión y discernimiento hasta darse cuenta de que su vocación, su llamada, no era a pasarse la vida repitiendo lo mismo que había hecho su padre, José. Lo suyo no era ser artesano. En ese momento Jesús descubre su vocación y se redescubre a sí mismo. Su experiencia de sentirse Hijo le lleva a darse cuenta de que su misión consiste en anunciar a todo el mundo la buena nueva de la salvación. 

      Si ese proceso fue largo o corto en el tiempo, no nos importa mucho. Los evangelistas lo condensan en este momento del Bautismo con la imagen de la paloma que simboliza al Espíritu de Dios y con las palabras del cielo: “Este es mi hijo, el amado, mi predilecto.” 

      Más importante que imaginar a Jesús acercándose a Juan para pedirle el bautismo o imaginar la paloma del Espíritu posándose sobre su cabeza, es reflexionar sobre la misión recién asumida por Jesús. Es una misión que le lleva a dejar todo y a comenzar una vida nueva. Familia, trabajo, amigos, todo queda atrás. En adelante su madre y sus hermanos serán los que escuchan la Palabra de Dios. Su familia serán todos los hombres y mujeres porque todos son amados por Dios. La familia es la familia del Reino. Comienza un mundo nuevo. 

 

Una misión que llena su vida

      El libro de Isaías nos da las claves desde las que los evangelistas interpretaron la misión de Jesús. Será el mesías esperado pero no de la forma ni con el estilo que lo esperaban los israelitas de su tiempo. No viene a imponerse con un ejército. No trae la liberación política –aunque su mensaje tiene increíbles consecuencias políticas–. No invade las conciencias. El mensaje de la buena nueva es un mensaje amable, que respeta a las personas y su libertad. Se dirige de una manera especial a los que sufren, a los marginados, a los que están sometidos a la injusticia. El mensaje del reino promete la libertad y la plenitud de la vida en el marco de la familia de Dios. Es luz para los ciegos, libertad para los cautivos. Es justicia para todos. Y siempre atento al detalle y a lo que cada persona necesita: “la caña cascada no la quebrará.” Lo suyo es sanar, no matar. Curar, no herir. Dar vida, no condenar. Lo suyo es salvar, reconciliar, perdonar, dar esperanza. El que tenga oídos para oír que oiga. 

      Quizá por eso, años después, cuando Pedro proclama la buena nueva a los judíos y les tiene que hablar de Jesús, les dice que estaba “ungido por Dios con la fuera del Espíritu” y que “pasó haciendo el bien... porque Dios estaba con él”. Hacer el bien, curar, son los signos que ofrece Pedro a su auditorio para demostrar que Jesús era la viva presencia de Dios entre nosotros. 

      El Bautismo marcó un antes y un después en la vida de Jesús. A partir de él “pasó haciendo el bien”. Ese debería ser el principal distintivo por el que se nos debería conocer a sus discípulos. Como Jesús nos hemos bautizado, el Espíritu se ha posado sobre nosotros. Ahora nos queda vivir como Jesús: haciendo el bien y curando de todo dolor a los que nos encontramos en nuestro camino. Así verán que Dios está con nosotros. 

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