Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

 

      De entrada uno no sabe si quedarse con la descripción de la corte celestial que nos hace el autor del Apocalipsis o con la indirecta tan directa que Jesús hace a los que no creían en él y le despreciaban.

      El autor del Apocalipsis imagina cómo será el reino de los cielos y para describirlo no tiene otro punto de comparación que hablar de lo que probablemente había visto en las cortes y palacios de los reyes y emperadores de su tiempo. Imaginó que no podía ser muy diferente. En todo caso, más lujoso, más solemne, más espectacular, más ostentoso. A nosotros la lectura de ese texto nos hace pensar en las películas de romanos o de reyes y caballeros medievales con toda aquella corte de nobles y damas que llena el salón lleno de estandartes y aplauden mientras que, al entrar el rey y caminar hacia el trono, un grupo de pajes toca una música triunfal con sus trompetas. Nosotros quizá nos gustaría imaginarlo de otra manera. Al modo como nuestros gobernantes se reúnen, rodeados de guardaespaldas, en grandes palacios y con muchos ayudantes y consejeros, mientras que el pueblo queda lejos y separado por varias líneas policiales por motivos de seguridad. Por mi parte, prefiero imaginarlo como lo hacía Jesús: un banquete fraterno en el que todos, sentados a la misma mesa, comparten la misma comida. Son formas diferentes. Todas tienen algo de verdad pero prefiero la de Jesús. 

      Claro que Jesús no es siempre esa figura tierna y bondadosa que se pretende. Sabe responder a sus enemigos y lo hace con finura. Jesús, como quien no quiere la cosa, cuenta una historia. Y el que tenga oídos para oír que oiga. No se trata sólo de que cada uno debe aprovechar los talentos recibidos y hacerlos trabajar mientras que tiene tiempo disponible. Es que además a los enemigos se les termina degollando. Jesús lo cuenta y no saca moralejas. Simplemente sigue su camino hacia Jerusalén. Sabe lo que allí le espera. Pero también confía en el triunfo final porque confía en su Padre Dios. Los que no quieran creer, son ellos mismos los que se apartan de la promesa de la Vida, de la promesa del Reino, del banquete fraterno.

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