Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      Jesús tenía muy poco aprecio por el Templo de Jerusalén. De hecho pasó la mayor parte de su vida lejos de él. Cuando fue allí de visita, fue generalmente ocasión de conflicto, de enfrentamiento con sus responsables. Su templo fueron los caminos de Judea y Galilea, el cielo fue su bóveda y las piedras del camino o una barca a la orilla del lago su sede, desde la que enseñaba y tenía contacto directo con las personas. Todo muy poco sagrado en el sentido que nosotros mismos, cristianos y discípulos de Jesús, damos hoy al templo, a la iglesia.

      O muy sagrado en el mejor sentido de la Palabra. Porque la perspectiva cristiana cambia radicalmente desde el momento de la encarnación. Cuando Dios se hace hombre, nuestra misma realidad humana se convierte en lugar sagrado, en el lugar de la presencia de Dios. Y no hay templo como ése. San Pablo lo expresa perfectamente cuando dice que “sois edificio de Dios.” Lo más importante para el cristiano son las personas y no los ladrillos. De hecho, los primeros cristianos no tenían templos en el sentido habitual de la palabra. No los necesitaban. Eran pocos y se reunían en las casas. Más adelante, cuando el número de los creyentes creció les hizo falta un lugar de reunión más grande e imitaron las basílicas romanas –que nunca fueron templos sino lugares de reunión, lo que se ve en la distribución interior del espacio–. Nuestras iglesias son basílicas, lugares para que la comunidad se reúna, ore, escuche la palabra, comparta el pan, dialogue y se organice la vida en común. 

      La santidad, lo sagrado, se encuentra en la vida de las personas, de toda persona y de todas las personas. Ahí descubrimos y deberíamos adorar la presencia de Dios que se hizo uno de nosotros. No hay nada más sagrado que la vida ajena. Y nos debería doler en el alma ver como esos templos de la presencia de Dios son a veces humillados, heridos, marginados, oprimidos... Construir el templo comienza por respetar la dignidad del hermano y amarlo como Dios lo ama. La Basílica de Letrán nos recuerda que la Iglesia, más allá de la realidad de las iglesias locales, es un sólo cuerpo, un sólo edificio en el que cabe toda la humanidad y donde nadie es excluido. 

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