Comentario al Evangelio del

Pablo Largo, cmf

Queridos amigos:

Esta es una fiesta muy bella. El año no tiene días para recordar a todos los santos que han vivido a lo largo de la historia. Son los ciento cuarenta y cuatro mil del pueblo de Israel: doce mil por cada tribu, un pueblo completo, sin diezmar, un número redondo, entero. Y son una muchedumbre innumerable, no ya de Israel, sino de toda raza, pueblo, lengua y nación. No hay días en el año para recordar a cada uno de estos hijos de Dios. Así que los arracimamos en una sola celebración, solemne y gozosa.

Podríamos decir también que esta es una fiesta muy del pueblo. Aquí no entra solo esa aristocracia formada por los apóstoles, los grandes héroes de la fe que fueron los mártires, las mujeres que fundaron Congregaciones religiosas, los grandes doctores y doctoras, los grandes Papas. Hoy celebramos también la memoria de los santos anónimos, que han encarnado en su vida las bienaventuranzas y que ahora participan de la vida prometida por Dios.

Entran mujeres y varones: Pablo y Paula, Julio y Julia, Andrés y Andresa, Pedro y Petra, Tomás y Tomasa, Luis y Luisa, y así indefinidamente. Entran mayores y entran jóvenes (como la recién beatificada Chiara Luce Badano); entran ancianos y entran niños (recordemos a Francisco y Lucía, los dos pequeños de las apariciones de Fátima, también beatificados); entran personas de nuestro pueblo y de nuestra familia.

En esta gran fiesta celebramos sobre todo a Dios. Celebramos su obra. Los santos eran personas hechas con los mismos mimbres que nosotros. Con el barro de que cada uno está formado Dios es capaz de modelar al hombre nuevo: mujeres nuevas, varones nuevos; Dios es el alfarero del hombre nuevo.

Decía un teólogo: “un santo es un pecador del que Dios ha tenido misericordia”. Esa fórmula hay que completarla: “un santo es un pecador del que Dios ha tenido misericordia… y que se ha vuelto consciente de esta misericordia y la ha acogido hondamente dentro de sí”. Todo es don de Dios, también nuestra respuesta. Pero es necesario que, por nuestra parte, se dé la acogida de ese don. Sí, creámoslo: Dios puede hacer primores en nosotros.

Vuestro amigo
Pablo Largo

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