Comentario al Evangelio del

Pedro Barranco

Queridos hermanos y hermanas:

Es una gozada imaginar la escena que nos narra el Evangelio. Jesús en lo alto del monte que, de buena mañana, llama a sus discípulos –visto como había sido la elección y los lugares por los que había caminado Jesús, nada de gente de alta clase, educada y de buenas maneras sino más bien un poco zarrapastrosa– y elige de entre ellos a doce. Son los representantes del nuevo pueblo de Dios. Uno por cada una de las tribus de Israel, de aquel Israel antiguo y ya casi mortecino que había salido de Egipto y había entrado en la Tierra Prometida guiado por la mano de Moisés. Para entendernos, una escena con un contenido muy solemne pero con una puesta en escena realmente pobre. Tan pobre en definitiva como lo fue el nacimiento del mismo Jesús en Belén: en un pesebre y rodeado de animales.

Pero nuestro Dios se fija poco en las apariencias. Lo suyo no es la puesta en escena ni la solemnidad. Aquellos apóstoles fueron y son el fundamento de nuestra comunidad creyente. Con todas sus limitaciones fueron el medio elegido por Dios para que el Evangelio de la buena nueva se extendiese por todo el mundo.

Aquellos apóstoles murieron y otros recogieron el testigo. Hasta nosotros hoy ha llegado aquella Buena Nueva. Seguimos creyendo en Jesús. Seguimos comprometidos con el Reino. Todavía hay muchos que esperan ser liberados y curados de sus enfermedades. ¡Adelante!

Un abrazo en el Señor resucitado.

Pedro Barranco

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