Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

¿No hará justicia a sus elegidos?

 

       Leo las lecturas y se me quedan resonando las últimas frases del evangelio. ¿No hará justicia Dios a sus elegidos que le gritan día y noche? Pienso en las mujeres maltratadas o explotadas sexualmente, pienso en los niños a los que se les pone un fusil en las manos y se les envía a la guerra, pienso en las familias que malviven de rebuscar en los basureros de las grandes ciudades de los países pobres, pienso en los refugiados que se han visto obligados a dejar sus casas por la violencia, pienso en los condenados a muerte por la “justicia” de tantos países, pienso en los países donde los homosexuales son tratados como delincuentes, pienso en los que sufren la violencia de las pandillas callejeras, pienso en los que están metidos en el infierno de la droga, pienso en los enfermos que sufren sin siquiera los medios para paliar su dolor o la compañía que les permita superar la soledad, pienso en los que sobreviven trabajando a cambio de salarios de explotación. 

       Se me hace un nudo en la garganta. Algunas voces me dicen que la historia siempre ha sido así y siempre será, que las cosas con como son y que no las vamos a cambiar por más que lo intentemos. Pero de dentro me surge la fe en el Dios de la Vida, del Amor, de la Justicia. Tiene que haber esperanza para todos esos a los que les ha tocado la peor de esta vida. Tiene que haber justicia para ellos. Si no fuese así, Dios sería injusto. Hasta sería mejor pensar que no existe. 

 

Esperamos en la justicia de Dios

       La fe alienta nuestra esperanza. No puede ser de otra manera. Esperamos que Dios haga la justicia que nosotros no hemos sabido hacer. Porque cuando creemos que hacemos justicia a veces liamos más la madeja. Terminamos pensando que hacer una guerra y derrotar y humillar al enemigo es hacer justicia. Confundimos la venganza con la justicia. Saciamos nuestro deseo de revancha pero lo único que hacemos es alimentar la espiral de la violencia. Y nos vemos metidos en un laberinto en el que no sabemos encontrar la salida. Hasta que no nos queda más que pisar para no ser pisados. Lo malo es que el otro tiene exactamente la misma motivación.

       No puede ser la nuestra, pues, una esperanza en una justicia que se parezca a la de la primera lectura. No podemos ni pensar en derrotar al enemigo como lo hizo Josué: a filo de espada. Se llame Amalec o con cualquier otro nombre. Porque Jesús nos ha descubierto que todos somos hijos de Dios. En consecuencia, a poco que discurramos, nos daremos cuenta de que toda guerra es siempre una guerra civil, fratricida. La justicia de Dios no puede ser como la nuestra. Será diferente. Tendrá que ser diferente.

       
No sabemos como será exactamente la justicia de Dios. Pero con el Evangelio en la mano podemos decir que ciertamente no estará hecha de venganza ni de odio. Es una justicia que dará a cada uno lo suyo (pero eso “suyo” no se identifica necesariamente con unos títulos de propiedad), lo que necesita para vivir en plenitud, para gozar y disfrutar de este regalo que Dios nos ha dado: la vida, el amor, la libertad, la fraternidad... Es una justicia que estará hecha de perdón y misericordia, de reconciliación. Es una justicia que cura y sana, que nos permite comenzar de nuevo y ver el mundo y a las personas con ojos limpios.

 

Un nuevo estilo de vivir

       Esperar en esa justicia nos hace comprometernos aquí y ahora. La justicia de Dios que esperamos nos provoca a la fe y nos hace comportarnos de una manera justa, al estilo de Dios, con los hermanos y hermanas, con nuestro mundo, con nuestra tierra. A la pregunta de Jesús al final del evangelio podemos responder que sí, que aquí estamos nosotros creyendo y viviendo la fe en el día a día, en nuestro trabajo, en nuestra familia, con los amigos, a la hora de votar en las elecciones, creando espacios de libertad y diálogo, siendo tolerantes y comprensivos, acompañando al que está sólo y abandonado, compartiendo lo que tenemos...

       La Palabra alienta nuestra fe. Como dice la segunda lectura, es la sabiduría que nos conduce a la salvación. La salvación la esperamos en el futuro. La plenitud de Dios la esperamos en el futuro. Porque Dios es nuestro futuro. Pero ya está incoada en el presente. Y cada vez que tendemos la mano al hermano, que curamos una herida, que perdonamos, que hacemos justicia, la salvación de Dios se va haciendo realidad en nuestro mundo, aquí y ahora. Esta es nuestra fe y nuestra esperanza. 

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