Comentario al Evangelio del

Francisco Javier Goñi, cmf

Hoy nos vamos a fijar en la primera lectura. Pablo, el evangelizador de los paganos, nos ha dejado uno de las más preciosas expresiones del Misterio de la Voluntad Salvífica de Dios. Jesús nunca lo dijo así, con esas mismas palabras, sin embargo el apóstol de los gentiles no se aleja un ápice de la Verdad Revelada por el Hijo de Dios. Lo único que hace es volcarla en una cultura y un lenguaje distintos a los que Jesús tuvo que utilizar. La Verdad es siempre la misma: la persona, la palabra, los hechos, la vida de Jesús. En Él se nos ha mostrado el Misterio de Dios. Pero en cada momento histórico y en cada cultura es necesario expresarla de un modo nuevo, para que pueda ser entendida y acogida por los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos. Así lo ha ido haciendo la Iglesia siempre, quizás demasiado lentamente para algunos, o demasiado deprisa para otros.

Por desgracia, la tentación de aferrarse a determinadas categorías, culturas, lenguajes, instituciones, de un tiempo y lugar determinados está tentando demasiado a la Iglesia de hoy. Hay que ser fieles al Mensaje originario; y es cierto. Pero también hay que estar abiertos a nuevas expresiones y profundizaciones que nos ayudan a comprenderlo mejor y a transmitirlo mejor. “El Espíritu os guiará hacia la Verdad plena”. Son palabras del mismo Jesús.

Ya hemos comenzado el tercer milenio. La humanidad, en esta aldea global del siglo XXI ha avanzado en unas cosas, en otras no. En cualquier caso, nos encontramos con nuevas maneras de ver la realidad -el mundo, el hombre, la sociedad, lo Sagrado- de relacionarse con ella, de entenderla y de vivirla. No podemos ser sordos a esos cambios. La nueva evangelización exige nuevas expresiones del Misterio de la Salvación realizado en Cristo, nuevas expresiones que deberían acabar objetivándose también en nuevas maneras de ser y vivir como cristianos y en una renovación de las instituciones eclesiales. Conjugando siempre, por supuesto, fidelidad al Evangelio de Cristo, respeto a la auténtica tradición eclesial y apertura a nuevas expresiones, valores, modos de ver la realidad y modos de vivir.

Cómo hacerlo; no es fácil, evidentemente. Sólo quiero apuntar, a modo de ejemplo, tres cosas que a mi entender hoy día deberían respetarse por encima de todo a la hora de vivir nuestra fe en la comunidad eclesial y de presentar el Misterio de la Salvación al mundo de hoy. No son las únicas, evidentemente: las resalto por su centralidad en la fe cristiana y por su presencia e incidencia en el universo de significados, creencias y valores que conforman la cultura  global en que vivimos hoy. La primera, el Amor por encima de todo, como núcleo del Misterio de Dios y de su relación con la humanidad, y como única ley desde la que vivir. Supeditada siempre a aquella, la justicia, como valor fundamental que deber regir las relaciones humanas y el reparto equitativo de los bienes y riquezas de este mundo, único fundamento estable de la paz, y como fuente de los derechos y obligaciones que todo ser humano tiene, independientemente de su origen, cultura, ideas, religión o género. Y por último, la libertad, creada, querida y respetada por Dios para todo ser humano, y que ha de ser querida y respetada profundamente también por la Iglesia.

En lo fundamental, evidentemente, la Verdad Revelada no puede cambiar, sí la manera de expresarla y vivirla por parte de la Iglesia. No tengamos miedo: el Espíritu nos guiará.

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