Comentario al Evangelio del

Francisco Javier Goñi, cmf

Jesús no dejaba títere con cabeza. Nadie escapaba de su aguda mirada que penetraba hasta el corazón. Y no callaba: con una libertad absoluta se enfrentaba a los poderosos de su tiempo para desenmascarar sus hipocresías y falsedad. Fariseos, saduceos, maestros de la Ley: todos los que pretendían ser fieles a Dios, pero no tenían el corazón centrado en Él sino en sí mismos, encontraban en Jesús la horma de su zapato. Y lo peor es que esa hipocresía solía ir acompañada de rechazo, marginación, estigmatización del pueblo pobre y sencillo. En nombre de la Ley de Dios tachaban a pecadores, enfermos y pobres, irguiéndose en jueces de todos y pretendiendo ser ellos perfectos. Se apoyaban en una concepción exageradamente legalista y ritualista de la religiosidad que olvidaba lo fundamental: el amor. En nombre de Dios y de su Ley, sembraban odio, rechazo, dolor, miedo. Y encima lo hacían pretendiendo estar libres de culpa, cuando en realidad su corazón estaba profundamente herido de egoísmo, de falta de misericordia, de orgullo. Las diatribas de Jesús se dirigen así, sin matizaciones ni ambages, ante todo contra aquellos fariseos que pretendían ser puros por cumplir hasta los detalles más nimios de la Ley, cuando habían olvidado lo más importante: la misericordia. También contra los que pretendían conocer al dedillo la Verdad de Dios, los maestros de la Ley, pero no la llevaban a sus vidas. No aparece en el texto de hoy, pero tampoco los sacerdotes de su tiempo se libraron de la aguda mirada de Jesús, que destapaba las intenciones más profundas de sus corazones y criticaba sus pretensiones y privilegios.

Pera no hemos de pararnos ahí: su “¡Ay de vosotros, hipócritas!” sigue resonando hoy en nuestras asambleas. Es su Palabra, Palabra de Dios siempre viva y eficaz. ¿Te crees mejor que los demás? ¿Piensas que por tener un ministerio en la Iglesia eres más que los demás cristianos? ¿Te sientes superior a otros? ¿Denigras o condenas a otros sin compasión ni misericordia? Ten cuidado, no sea que por cumplir a rajatabla todos los preceptos y detalles de la Liturgia, o de la Moral, o en general de la tradición cristiana, se te esté pasando por alto lo más importante: el amor y la misericordia. Como Jesús diría: “lo primero que hay que cumplir es esto, aunque sin descuidar aquello”. Cuantas veces hermanos nuestros en la fe han sido pisoteados, humillados, rechazados, condenados por sus ideas, o por su debilidad, pequeñez y pecado, por los que deberíamos ser maestros y guías en el camino de la fe y deberíamos representar al mismo Cristo en medio de la Iglesia, que vino a perdonar y salvar y no a condenar. Y esto vale para todo cristiano: todos participamos del sacerdocio de Cristo; todos somos, o deberíamos ser, transmisores de su amor.

Y a ti, ¿qué te diría Jesús al verte criticar y juzgar de otros como lo haces?

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