Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

 

Vivir de la fe 

 


 

 

      Hace unos días hablaba con un amigo. Hacía poco había pasado por una experiencia complicada con respecto a su trabajo. Sencillamente le habían despedido. Según contaba, injustamente. Pero lo mejor de todo era que por una serie de razones y conocimientos, mi amigo había encontrado trabajo, un trabajo mejor que el anterior en cuanto a salario y tipo de trabajo casi sin solución de continuidad. Cuando me hablaba, mi amigo, profundamente creyente, me decía que estaba convencido de que todo había sido providencia de Dios, que había sido Dios mismo el que le había ayudado en ese momento difícil.

      Le escuché atentamente. Pensé en los cuatro millones largos de desempleados que hay en mi país. En las masas empobrecidas de África, Asia o América Latina. Pensé en tanta miseria como hay en el mundo. Y me pregunté dónde estaba Dios y su providencia para toda esa gente. Me pregunté por qué razón en especial Dios se había dignado mirar y atender especialmente a mi amigo en su necesidad concreta de encontrar un trabajo. Y me pregunté por qué había dejado abandonados a esos otros millones de personas que pasaban, pasan, mucha más necesidad de la que podía haber pasado mi amigo. 

 

No a las respuestas fáciles

      No es fácil dar respuestas cuando nos enfrentamos al dolor y al sufrimiento. No es una cuestión de fe ciega. Ninguno de nosotros tiene la experiencia de decirle a una morera que se arranque de raíz y se plante en el mar y que luego haya sucedido. Más bien tenemos la experiencia contraria. Dios no parece escuchar casi nunca nuestras oraciones. O, por lo menos, no de la forma que nosotros esperaríamos que las escuchase. ¿Es que nos falta la fe? ¿Es que somos malos y por eso Dios nos deja de lado? ¿Es que los pobres, los que viven en la miseria y sometidos a la injusticia o a la enfermedad son peores que nosotros y por eso Dios no atiende sus gritos de auxilio?

      Fe, decía el antiguo catecismo, es creer en lo que no se ve. Creer en Jesús no implica un poder añadido que nos va a traer la felicidad a nuestra vida. Creer en Jesús es establecer una relación con él, como persona con la que se dialoga. Esa relación no nos facilita la vida ni nos evita tomar decisiones complicadas. No nos libera de nuestras responsabilidades sino que nos invita a vivir en libertad, a explorar nuevos caminos, a tomar nuestras propias decisiones y a ser responsables por ellas. Esa relación potencia, no niega, nuestra libertad y nuestra madurez. Nos hace más capaces de relacionarnos con los demás en clima de diálogo y fraternidad. Creer en Jesús y en su mensaje es estar convencidos de que, a pesar de los pesares, aunque la realidad se muestra cruda y cruel, este mundo tiene sentido porque ha sido creado por Dios y es expresión de su amor. 

 

Más persona y más hermano

      No vemos a Jesús pero nuestra fe nos dice que él camina en medio de nosotros. La Eucaristía es el signo mayor de su presencia, en el momento en que se hace pan compartido para los hermanos. Dios potencia nuestra fe en la persona humana, en nosotros mismos y en los demás. Dios nos hace ser humildes y reconocer nuestras limitaciones pero al mismo tiempo saber que todo lo podemos en aquel que nos conforta. 

      Pero la fe no nos evita dar ni uno de los pasos que tenemos que dar en la vida. No nos libera del esfuerzo por crear un mundo mejor, más justo y solidario para todos. La providencia y la gracia de Dios no hace que yo, por las casualidades de la vida, encuentre un trabajo mejor que el que tenía o me salve de una enfermedad. La fe, más bien, me hace sentirme a mí mismo prolongación de la gracia y la presencia de Dios en nuestro mundo. Ahora soy yo el cuidador de mis hermanos y hermanas, el que debe atenderlos en sus necesidades, en sus dolores. Yo, miembro de la familia de Dios, cuido y atiendo a mis hermanos aunque a veces no entienda su sufrimiento ni el mío. No lo hago como un trabajo sino como un servicio que se hace con amor y por amor. No lo hago para conquistar méritos y ascender o tener más salario sino porque me encanta sentirme en familia y hacer que todos nos sintamos hijos e hijas de Dios. 

      Reavivemos el don de Dios (segunda lectura) y la fe se convertirá en el núcleo de nuestra vida. Sentiremos la gracia que nos impulsa a vivir de una forma nueva, libres y responsables para amar y hacer realidad ya aquí y ahora la familia de Dios, una familia en la que nadie es excluido. 

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