Comentario al Evangelio del

Conrado Bueno, cmf

Mujeres en el Evangelio

El evangelio de hoy está lleno de mujeres. No, no vamos a hablar del sacerdocio femenino. Pero es saludable contemplar a Jesús rodeado de mujeres: algunas a las que había curado y “otras muchas” que le ayudaban.

Es cierto que por el evangelio desfilan muchas mujeres. Ana, la profetisa; la viuda de Caín, que recibe consuelo de Jesús: “Mujer, no llores”; la hemorroísa, llena de fe y tenacidad; la mujer del pueblo, que lanzó vivas al seno y a los pechos de la madre de Jesús; la samaritana, extranjera y pecadora; la viuda, que, en su monedita, entrega todo;  Marta y María, tan amigas y hospitalarias; la mujer adúltera     que recibe un mensaje recreador: “Yo no te condeno”. Y, por supuesto, las mujeres, valientes en el Calvario y apóstoles en la Resurrección.

No era fácil, entonces, esta relación con las mujeres. Una mujer estaba siempre subordinada al varón. Sus votos eran nulos si iban contra la voluntad del marido o del padre. Si hay un hijo, no heredará la mujer o hija del difunto. Estaban lejos del culto y la sinagoga: “Prefiero echar la ley a las llamas que enseñársela a una mujer”, clama un rabino extremista.

Dar los bienes, entregar la persona

Un grupo de mujeres sigue a Jesús. Antes han sido liberadas, sanadas, perdonadas. Y ellas corresponden, se van con él, y hasta le entregan sus bienes. Dios no pide obras para amar a los hombres, pero el amor de Dios aceptado siempre genera cosas buenas.

Jesús coloca a estas mujeres en la comunidad de los apóstoles. Con Jesús y los discípulos, se tornan misioneras: van caminando, van predicando el Reino de Dios.  Dos notas se subrayan: van en comunidad y viven de la limosna. Ligeros de equipaje y con mucha confianza.

Más tarde, lo dirá explícitamente San Pablo: “Ya no hay distinción de judío ni griego, ni siervo ni libre, ni hombre ni mujer, ya que todos vosotros sois uno en Cristo”.

La mujer en el Iglesia

La mujer es siempre símbolo de vida, su oficio es engendrar vida. Ordinariamente, vida humana. Y, aunque no sea madre biológicamente, los dones que Dios ha puesto en ella la constituyen sembradora de vida a su alrededor. “Vosotras, las mujeres, tenéis siempre como misión el amor a las fuentes de la vida. Reconciliad a los hombres con la vida” (Vat. II).

Este don nos ha de impulsar a agradecérselo al Creador. Algunos hablan de la necesidad de “feminizar” la historia de los hombres. Es decir, hacerla más vital, llenarla de ternura, colmarla de amor y misericordia. 

Y la mejor manera de agradecer a Dios este don es hacerlo fructificar. No nos metemos ahora con el sacerdocio de la mujer y otras zarandajas. Todo es más sencillo. La mujer ha de ser más reconocida en la Iglesia, hay que ofrecerle ámbitos más amplios de actuación, situaciones donde tomar decisiones importantes para la Iglesia. No basta con responder con los tópicos de siempre: Si la Virgen es la criatura más excelsa, ¿qué mayor reconocimiento de la mujer? O aquel que dice: “En la Iglesia no importa el poder sino el amor y el servicio”. Pues claro, pero esto también sirve para el varón. Y así podríamos seguir. Si las mujeres están hasta en círculos que siempre se creían exclusivos del varón, como la milicia, ¿cómo no creer en ella dentro de la Iglesia, Pueblo de Dios, Pueblo de iguales hijos de Dios?

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