Comentario al Evangelio del

Conrado Bueno, cmf

Devoción a la santa Cruz.

La devoción a la cruz de Cristo ha sido siempre muy popular en la Iglesia. Las fiestas populares en tantos pueblos, las señales de muchos caminos, la cruz que preside la vida y la muerte, la cruz al comenzar un viaje o la jornada o la comida familiar. Lo decía el viejo catecismo: “La señal del cristiano es la Santa Cruz”.

Es cierto que se ha abusado mucho del símbolo de la cruz.  Esas cruces personales en el pecho, sólo motivo de ostentación y de pompa, esas cruces que hacemos como una magia o rutina, esa cruz a la que recurrimos, como voluntad de Dios, y es consecuencia de una mala actuación de los hombres.

La cruz siempre está presente porque sigue habiendo hoy muchos crucificados, muchos maltratados, sufrientes, explotados, enfermos, oprimidos. ¿Cómo olvidar la cruz?

La Cruz: muerte que da vida

La cruz de Cristo conecta el cielo con la tierra. Es el círculo que traza Jesús. Bajó del cielo, se hizo hombre, vivió obediente  hasta la muerte en cruz. Y en la cruz fue exaltado: como una paradoja, en la cruz, lugar de humillación, su muerte se torna victoriosa, se inicia el camino para subir al Padre.

“Oh cruz, fecunda fuente”, cantamos en la liturgia. Fuente de vida para los hombres. Es la catequesis de Jesús a Nicodemo, el fariseo, miembro del Sanedrín, con el que tuvo una conversación nocturna. Dos veces repite Jesús: El Hijo del Hombre tiene que ser elevado “para que el que cree tenga vida eterna”. E insiste: “Para que no perezca ninguno”, “No para condenar al mundo, sino para que se salve”.

Jesús evoca la escena del desierto: la gente miraba la imagen de la serpiente elevada sobre el estandarte, y quedaba curada.

¿Por qué el dolor?

La verdadera respuesta al dolor es la cruz de Cristo. Dios no envía el dolor al hombre, no castiga, sino que sufre a su lado. No es cristiano hablar de resignación. Nosotros, como Jesús. No hace falta buscar el dolor “para imitar a nuestro Señor”. Como Jesús,  queremos amar a la gente, y el amor siempre lleva a la cruz. Hasta lo canta la Piquer, en un pasodoble: “Cristo vive perdonando, y murió crucificado” Es entonces, cuando nos dice el Señor: “Toma tu cruz (la tuya), y sígueme”.

Claro que no basta con aceptar nuestro dolor. Es necesario combatir el dolor. Y la mejor manera de combatirlo es ir a sus causas, para poder eliminarlas. Cuántas veces se ha citado al Obispo Hélder Cámara: “Cuando me preocupo  y ayudo a los pobres, me llaman santo; cuando trato de hallar las causas de la pobreza, me llaman comunista”.

Finalmente, hay que transformar el dolor. Existen muchas personas a las que el dolor las transfigura,  las hace más buenas. Después del sufrimiento, saben valorar mejor la vida, saben dónde están las cosas que más importan en la vida, son más amables, se acercan más a Dios. Esos sí que miran al dolor desde la cruz de Jesucristo.

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