Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz. Misionera Claretiana (rosaruizrmi@yahoo.es)

 

Es duro asumir con paz y alegría que “Dios nos coloca los últimos”, dice Pablo. Es decir, que recibimos “golpes”, descalificaciones, indiferencia, calumnias, desprecios, angustia, injusticias… que somos tratados “como la basura del mundo” porque Dios nos tiene buscado ese lugar, el de sus preferidos, el de los últimos. No tiene nada que ver con historias de masoquismo o de un gusto por el sufrimiento un tanto enfermizo…. No, no es eso. Es haber hecho nuestra la mirada de Dios de tal manera, que podamos devolver bien por mal, bendición por maldición… y no dejarnos manejar por el resentimiento, la soberbia o la desesperanza. Porque como canta el salmo de hoy, “El Señor es justo en todos sus caminos, es bondadoso en todas sus acciones”.

Reaccionar con la misma serenidad ante el bien y ante el mal recibido, sin que las alabanzas nos inflen ni nos derriben los golpes bajos, es otra manera de invitarnos a ser “señores” de nuestra vida. Dueños de ella. No son las normas ni los sentimientos quienes deciden si yo vivo maldiciendo o bendiciendo. Jesús había hecho suyo de tal forma la voluntad del Padre como el Centro de su vida, que se había convertido en único criterio de discernimiento. Hasta las normas más sagradas, las prescripciones litúrgicas y mandatos, como era el Sábado judío, los pone por debajo de este Centro vital suyo. Una enorme libertad. Sabemos que la libertad es fuente de conflicto pero sobre todo y finalmente, es fuente de consuelo, como un bálsamo.

En muchos lugares se recuerda hoy a María bajo la advocación de Nuestra Señora de la Consolación o del Consuelo. No está vinculada a ninguna imagen, aparición o milagro, sino a la necesidad que sentimos todos de ser consolados, fortalecidos, acompañados… La Iglesia lo experimenta y lo sabe… y por eso acude a María, nuestra Madre como mediadora de esta entrañable virtud. Consolar puede ser algo un tanto olvidado en nuestra época, pero de honda tradición. Autores como Séneca, Cicerón, Plutarco y Boecio le dedicaron tratados filosóficos. Pero ahora no parece ser una virtud que admiremos o queramos alcanzar. Quizá vivimos demasiado resignados con nuestras propias miserias o tristezas. Quizá pocas cosas nos afligen de verdad y preferimos mirar para otro lado. Quizá nos es más cómodo endurecernos y vivir en la superficie para no tener que buscar consuelo en nada ni en nadie. La Consolación o el consuelo nos abre a los demás porque difícilmente puede uno mismo autoconsolarse; siempre será algo momentáneo, pobre, sucedáneo… 

Pedir y recibir consuelo es aprender a reconocernos necesitados de otros, necesitados de Dios en último término y bajo la advocación mariana de hoy, necesitados de acudir a María, Señora de la Consolación, Madre de la Iglesia y Madre nuestra. Que Ella nos fortalezca para arrostrar cualquier dificultad y crezcamos cada vez más en una libertad verdadera.

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz. Misionera Claretiana (rosaruizrmi@yahoo.es)

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