Comentario al Evangelio del

Rosa Ruiz. Misionera Claretiana (rosaruizrmi@yahoo.es)

 

Ir creciendo en ese espíritu de Dios que hemos venido comentando los días anteriores no afecta sólo a nuestro comportamiento, ideas, actitudes, elecciones, sentimientos… También afecta a lo que esperamos de los demás y a qué decidimos dar “peso” en nuestro corazón, para bien o para mal. No es lo mismo vivir pendiente del juicio de los demás que del juicio de Dios. No es lo mismo necesitar la alabanza de los otros o alegrarse en la bendición de Dios. Sería bonito terminar el día y preguntarnos a modo de “examen” o mirada global de lo vivido: ¿Dios me mira y sonríe? ¿Soy la alegría de Dios hoy? Quizá me han rechazado, quizá he metido la pata, quizá me han dejado a un lado… pero ¿y Dios cómo me ha visto? 

No es tan fácil vivir así; al menos para mí, es difícil, pero en el fondo del corazón sabemos que ese es el camino, porque como dice el salmista: si te apartas del mal y haces el bien, siempre tendrás una casa, porque el Señor ama la justicia y no abandona a sus fieles.  

Quizá el problema está en querer hacer remiendos, apaños, medias-tintas… Es como echar vino nuevo en odres viejos. Al principio podemos pensar que es lo único que se puede hacer, que hay que jugar con las cartas que tenemos, que hay que ser realistas… Entonces, con esas razones dadas, nos tranquilizamos y somos incapaces de vivir en verdadera novedad, en verdadera fiesta, porque “el novio está con nosotros” y se nos olvida. El novio y su vino nuevo de Evangelio piden vivir de otra forma, arriesgarnos, no remendar la realidad, las instituciones, las decisiones… Lo sabemos pero es costoso: ¿qué iban a pensar los demás? ¿Qué dirán de nosotros? ¿y si sale mal? Qué pena que no tenga mucho más peso en nuestro corazón y en nuestra esperanza qué dirá Dios de mi vida y de nuestros proyectos…

Vuestra hermana en la fe, Rosa Ruiz. Misionera Claretiana (rosaruizrmi@yahoo.es)

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