Comentario al Evangelio del

Pablo Largo

Queridos amigos:

Si el amo no hubiera dado aquella extraña orden al capataz (empezar a pagar por los últimos), no habría surgido ningún problema… Pero también nos habríamos perdido la punta del relato. Sin duda, no faltaría el aprecio por la conducta humanitaria del propietario, que tiene sensibilidad y se da cuenta de las necesidades de aquellos jornaleros de última hora; pero parece que el quid del asunto no está ahí.

De golpe recordamos también la parábola del hijo pródigo. Todo podía haber acabado con la llegada del hijo y el recibimiento que le hace el padre. La otra figura, la del hijo mayor, casi viene a estropear un final tan feliz. Y nos deja en la incertidumbre: “¿entró o no entró el hijo mayor en el banquete?”. Esta es la pregunta que podemos formular. Pero en ese mismo momento hacemos derivar la historia hacia lo que no quiere ser. Porque de lo que se trata no es de saber qué pasó, sino qué papel representamos nosotros: el del hijo resentido contra el padre, o el del hijo que se alegra de que su hermano haya revivido, y de que se le haya encontrado. Esa es la cuestión.

Y esa era la cuestión que Jesús planteaba a los fariseos y maestros de la ley (Lc 15,2). Esa es la cuestión que propone Mateo a los cristianos de origen judío que no entienden ni acaban de aceptar que los cristianos no judíos, unos advenedizos, se encuentren en situación de paridad con ellos: “¡Caramba con los recién llegados! En lugar de ponerse a la cola y recibir los restos y migajas que queden, ahí los tienes tan acomodados, como si fueran ‘cristianos viejos’”. Esa es la cuestión que se nos plantea a nosotros en nuestras comunidades. Y ahí descubrimos lo que hay en el fondo del corazón: ¿mezquidad?, ¿envidia?, ¿alegría y comunión por las nuevas presencias?

Cordialmente
Pablo Largo

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