Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      El tema del Evangelio de este día está lleno de actualidad. El divorcio es una realidad en nuestra sociedad. Pero lo malo no es el divorcio sino la fragilidad de la relación matrimonial. El que piense que esa fragilidad es fruto de la existencia del divorcio se equivoca. Más bien es lo contrario. El divorcio es el instrumento legal inevitable en una sociedad donde el compromiso “para todo y para siempre” ya no funciona en muchos casos. 

      Las razones pueden ser muy variadas. Este no es el lugar para exponer un estudio sociológico o psicológico que ponga bajo la luz las razones del fracaso matrimonial en nuestras sociedades. Pero los hechos están ahí. Y estoy seguro de que en la mayoría de los casos no se puede hablar de mala voluntad por parte de los contrayentes. En el momento del matrimonio sí que tenían presente que su amor y su compromiso eran “para siempre y para todo” pero luego vienen las flaquezas, las complicaciones de una vida que cada vez controlamos menos y que es menos igual a sí misma. Luego vienen los problemas, los laberintos y líos en que terminamos metidos y que nadie nos ha enseñado a solucionar porque posiblemente tampoco existen las soluciones prefabricadas ni las recetas de médico. 

      Estoy seguro de que la Iglesia hace muy bien manteniendo el ideal del matrimonio cristiano en toda su gloria. No tenemos que vender los sacramentos de baratillo. Pero también, como decía un profesor mío de Biblia, tenemos que recordar esa otra línea que está presente en el Evangelio junto con la exigencia radical que es la misericordia sin medida. 

      Por eso, estoy seguro de que el mismo Jesús que expone con fuerza en el Evangelio de hoy el ideal del matrimonio –“lo que Dios ha unido que no lo separe el hombre”–, se acercaría con una mirada de compasión y con una misericordia infinita a las parejas concretas que se encuentran metidas en un laberinto de sufrimiento y dolor porque no saben qué hacer con una relación que se les ha roto sin casi darse cuenta. Llegar a la madurez no es fácil. Ni en el matrimonio ni en el celibato. Jesús apunta a la meta al mismo tiempo que nos toma de la mano y, como buen samaritano, nos cura las heridas y nos anima a volver a intentarlo.

Comentarios
Ver 2 Comentarios
escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.