Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      No hay cosa que más nos disguste que escuchar a alguien que nos dice lo que sabemos que es verdad. Claro está, ¡siempre que sea una verdad que nos resulte desagradable! La humanidad lleva siglos matando al mensajero y nosotros no somos una excepción. Ser mensajero de malas noticias ha sido siempre una profesión peligrosa. Es la consecuencia de que muchas veces no queremos mirar la realidad tal como es. 

     Las dos lecturas de hoy son ejemplo de lo dicho. En la primera Jeremías profetiza en Jerusalén –profetizar no es hablar de lo que va a suceder en el futuro sino vocear la palabra inspirada por Dios– y dice lo que ni el pueblo ni sus dirigentes quieren oír. No es nada nuevo. Lo que dice, además de ser palabra de Dios, es también puro sentido común: que no basta con hacer grandes ceremonias ni muchos ratos de oración ni muchos sacrificios acompañados de incienso, que lo que hace falta es convertirse de las malas acciones y cumplir la ley. Así de sencillo. Jeremías termina con lo que es obvio: si sois infieles a la ley de Dios, éste os va a dejar de su mano. Y el final de Jerusalén será como el de Siló, destruido unos años antes. La reacción del pueblo y de sus dirigentes no es la de convertirse sino la de aliarse contra Jeremías. 

      Lo mismo sucede en el Evangelio. Jesús se pone a enseñar en la sinagoga de Nazaret. Y lo que dice no gusta a los oyentes. Menos oírlo de un conciudadano, de uno al que conocen bien, a él y a sus familiares. ¿De dónde saca toda esa sabiduría? Lo más gracioso es que reconocen implícitamente que Jesús habla palabras llenas de sabiduría. Pero, al mismo tiempo, no las pueden aceptar porque Jesús es demasiado familiar para ellos. Si fuese un gran señor venido de lejos... Es la misma reacción de matar al mensajero, lo que se puede hacer eliminándolo físicamente o minando su autoridad moral. 

      La realidad es que tenemos que aprender a mirar la realidad tal como es. Y dar las gracias al que nos la viene a desvelar por mucho que no nos guste lo que nos dice. Matar al mensajero no soluciona el problema. Y lo que tenemos que hacer es solucionar nuestros problemas y seguir caminando.

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