Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

      En todas las culturas ha habido una relación especial con los antepasados. No hay más que ir a cualquier museo de antropología para confirmarlo. Los antepasados han sido los que han marcado el camino, nos indican nuestro origen pero también nos señalan el destino. Sus vidas son como faros que, situados al frente, nos indican dónde está el buen camino.

      No sabemos nada de Joaquín y Ana. La tradición puso ese nombre a los padres de la virgen María. Dado el estilo de María, la madre de Jesús, que tampoco pretendió en ningún momento situarse en el centro de la escena y que dejó siempre a Jesús tener el protagonismo, podemos suponer que Joaquín y Ana serían unas personas muy normales, unos padres que educaron a su hija en la sencillez y en esa capacidad de entrega que hace que los padres sean capaces de dar la vida y de dejarla libre para que crezca según sus propias posibilidades y decisiones. 

      Además, educarían a María en la esperanza de la liberación. Era una esperanza que animaba a todo el pueblo de Israel. Llevaban muchos años sometidos a la opresión extranjera. Y suspiraban por un liberador, por alguien, enviado por Dios, que volviese a poner las cosas en su sitio. Seguramente, pensaban en un liberador político. Pero parece que supieron educar a María en una esperanza abierta. Si la liberación venía de Dios, entonces había que dejarle a Él que lo hiciese a su manera. Dios tiene sus propios caminos. Y no le vamos a imponer los nuestros ni nuestras ideas. 

      María, gracias quizá a esa educación recibida de sus padres, supo acoger la presencia del Espíritu de Dios, supo ser madre del Hijo y recibir con sencillez a un Dios que se presentaba de una forma absolutamente inesperada y sorprendente. Nunca trató de imponerle el camino ni la dirección. Le dejó en libertad para que siguiese su propio camino. Y le siguió como la primera discípula. 

      Este día podemos hacer una oración por los padres de familia. No resulta fácil hoy en día educar a los hijos. Educar en libertad y en responsabilidad. Respetar a los hijos al mismo tiempo que se les guía y orienta, que se les acompaña con todo el amor del mundo. Para que sean como Joaquín y Ana.

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