Comentario al Evangelio del

Fernando Torres Pérez cmf

 

 

Acoger, recibir, amar...

 


 

 

      Ahora que el turismo se ha puesto de moda, una de las virtudes atribuidas a los pueblos de cada nación o región o ciudad que se quiere promocionar como lugar de destino turístico es la hospitalidad. Decir de los habitantes de un lugar que son hospitalarios es una forma de invitar al turista. Es decirle que se va a sentir como en casa, que le van a tratar bien, que no se va a sentir extranjero ni marginado. No deja de ser una mentira y de las gordas dado que toda la hospitalidad que se recibe en esos destinos turísticos hay que pagarla puntualmente y casi siempre a altos precios. Ni la hospitalidad es realmente virtud ni la realidad es como la pintan las fotos de esos folletos.

      La hospitalidad es virtud antigua, típica del mundo rural. Típica, sobre todo, de un mundo más duro y difícil, donde sólo esa básica solidaridad humana podía ofrecer la ayuda necesaria para sobrevivir. En un mundo donde no había servicios de emergencia, ni ambulancias, ni seguros sociales, ni estado del bienestar, la única red disponible para que la persona en problemas no cayese en el vacío era la mano amiga de otra persona que prometía compartir lo que se tenía, hacer un hueco en la mesa y en la casa, un poco de comida y un lugar para dormir, descansar y reponer fuerzas. 

 

Abrir la mano al hermano

      El mensaje de Jesús no está muy lejos del sentido común. La salvación no la vamos a encontrar “cerrándonos a nuestra propia carne” sino tendiendo la mano al hermano. Y “nuestra propia carne” es todo hombre y mujer de este mundo. Este mundo ya no está dividido sino globalizado. No hay muchos mundos sino uno sólo. Todos los que vivimos en él formamos parte de la misma familia. Sólo sobreviviremos si lo hacemos juntos, dándonos la mano y caminando juntos. Cerrarnos a nuestra propia carne, darnos la espalda unos a otros, no nos lleva más que a la muerte y a la destrucción. ¿No era algo así la carrera de armamentos? 

      La primera lectura nos habla de un mundo pasado, rural, lejos de las prisas de las ciudades. Es un mundo en el que las personas no viven encerradas en sus casas, siempre rodeadas de medidas de seguridad porque tienen miedo de los “otros” y de lo que los otros puedan hacerles. Abrahán está sentado a la puerta de su tienda. La puerta está abierta y los que vienen por el camino pueden pasar y sentirse como en casa. Sin pagar. Sin condiciones de ningún tipo. Los visitantes son como la visita de Dios mismo Por eso Abrahán se postra en tierra ante ellos y les pide que pasen a su tienda. La hospitalidad se convierte casi en un favor que hace el visitante al anfitrión. 

 

Hospitalarios por el Reino

      La hospitalidad es acoger al otro y abrirle las puertas de la casa y también del corazón. No es sólo atender materialmente. Nuestra sociedad ha organizado unos servicios sociales muy buenos materialmente pero a veces faltos de corazón y de alma. De mis tiempos de peregrino en el Camino de Santiago recuerdo que los refugios que estaban dirigidos por las instituciones públicas solían estar muy bien en cuanto a las condiciones materiales pero nada más. Sin embargo, los organizados por asociaciones de amigos del Camino eran mucho más pobres en lo material pero llenos de vida, de aire de familia, de acogida fraternal. 

      Quizá esa sea la reprimenda cariñosa que le hace Jesús a Marta. Tanto preocuparse por lo material y se olvidaba de que en la casa había entrado una persona, que las personas necesitamos comer y vestirnos y muchas otras cosas, pero sobre todo necesitamos alguien que nos escuche, que nos atienda y entienda, que nos acoja como somos, sin condiciones. Todo eso es la hospitalidad. Una antigua virtud. Una virtud profundamente evangélica porque tiene mucho que ver con el Reino de Dios. Una virtud muy necesaria en nuestro mundo porque la sociedad se hace cada vez más individualista. Hay mucha soledad. Hay mucha necesidad de personas que acojan, que tiendan la mano a los hermanos y hermanas. 

      Así se construye el Reino. Y los discípulos de Jesús deberíamos ser los primeros en acoger, en recibir, en amar. ¿No es eso completar en nuestra carne los dolores de Cristo? ¿No es eso ser ministro del Evangelio? ¿No es eso anunciar la esperanza de la gloria que es Cristo?

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