Comentario al Evangelio del

Enrique Martínez, cmf

 

CIUDADES SIN CORAZÓN


 

          Con frecuencia las páginas del Antiguo Testamento nos resultan difíciles, ajenas, lejanas a nuestra realidad cotidiana. Extraños nombres, extraños personajes, costumbres extrañas, circunstancias históricas que desconocemos, y que nos interesan bastante poco... Sin embargo, «no hay nada nuevo bajo el sol», que dirá la propia Escritura, y las situaciones se repiten, con más o menos matices, porque el hombre y los pueblos atraviesan experiencias parecidas.

             En nuestro caso, el rey y el pueblo viven circunstancias adversas, se sienten amenazados y asustados: "se agitó su corazón y el del pueblo, como se agitan los árboles del bosque con el viento". Entonces se trataba del riesgo de ser invadidos y destruídos. 

           Quizás hoy podamos decir que hay también circunstancias, «poderes», «enemigos» que nos acechan... más difusos: Poderes económicos, especuladores, multinacionales, intereses políticos mucho más difíciles de localizar, pero que también nos hacen agitarnos y asustarnos. Que traman enriquecerse a toda costa, aunque eso suponga nuestra ruina. 

        Dificultades y peligros que no sabemos hasta cuándo durarán, cómo nos afectarán personalmente, cómo saldremos adelante y a qué precio. Pretenden convencernos de que las cosas son así, y no pueden ser de otra manera; que las medidas que se toman son las únicas posibles, y que «nosotros» no entendemos el complicado mecanismo de la economía mundial, y que esos recortes son imprescindibles, y otros son «impensables e intocables».

      Bueno, pues el profeta de Dios, entonces y hoy, nos hace unas invitaciones necesarias: «Vigilancia y calma, no temas, no te acobardes...» Y «si no tenéis fe, no subsistiréis». La vigilancia hace referencia a estar atentos, y a no renunciar a reclamar lo que nos parece justo, denunciar lo que nos resulte impresentable, en definitiva, a no conformarnos. El temor, como siempre, es uno de nuestros peores aliados, porque nos paraliza y bloquea. No podemos dejarlo todo en manos de «los que saben», de los que tienen el poder, sin que nos den explicaciones, y sin que quieran escucharnos, imponiéndonos sus «reyes», sus decisiones, sus objetivos...

       Si no creemos, no subsistiremos, no nos mantendremos en pie. Aquí creer es sinónimo de tener confianza, de saber que tenemos recursos para salir adelante, para mantenernos en pie. Quizá nos toque preguntarnos en qué tiene que cambiar nuestro estilo de vida, nuestra implicación social, política y económica. Los tiempos de crisis suelen ser purificadores, y exigen cambios no pocas veces radicales. Quizá nos suponga grandes sacrificios (a todos, no sólo a unos  pocos, y menos si esos «pocos» son los más débiles). En definitiva: que todo esto nos ponga en camino de conversión.

       Si todo lo anterior nos faltase, si nos dejáramos atrapar por el miedo, la cobardía, si renunciamos a estar vigilantes... tendríamos que recordar a las ciudades nombradas en el Evangelio de hoy, de las cuales no quedó ni rastro porque no quisieron leer los milagros, los signos, las llamadas de Dios, no estuvieron dispuestas a ningún cambio... y les fue mal, fatal. Lo peor que nos puede pasar a las ciudades, a los grupos, a los pueblos y a las personas es pensar que no necesitan cambiar a fondo, convertirse, revisar sus valores, contrastar el estilo de vida propio con el mensaje de Jesús. 

      Porque el mensaje de Jesús sobre el Reino sigue siendo valioso y actual: construir una sociedad y unas personas, con unos valores que hagan posible la justicia, la paz, la fraternidad universal. Y luchando eficazmente contra esos otros intereses destructivos: el poder, el éxito, las ganancias a toda costa, la desigualdad, etc. Ciudades y personas que tengan corazón y no una caja fuerte llena de privilegios y caprichos. Que no sean ni seamos como Tiro, Sidón, Corozaín, Betsaida...

Enrique Martínez, cmf

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