Comentario al Evangelio del

Enrique Martinez, cmf

 

 

 

           El comienzo del fragmento de Isaías es duro. El profeta se dirige a los dirigentes del pueblo con el «título» de príncipes de Sodoma y Gomorra, dos ciudades que fueron destruidas en el pasado remoto por saltarse las sagradas normas de hospitalidad oriental con el emigrante, por no defender al débil, e ignorar la justicia que atiende a cada uno en su necesidad. Y así les augura que serán eliminados. Estos príncipes, han optado por multiplicar los actos litúrgicos y de culto de manera grandiosa, cuando el pueblo atraviesa una etapa de dificultades económicas: dones, inciensos, novenas, asambleas... dejando a un lado lo que a Dios más le preocupa: el derecho, la atención a quienes peor lo pasan. Por eso, todo el culto y todos los ceremoniales le resultan intrascendentes, desagradables, detestables.

          Es la tentación o el error de los dirigentes políticos y religiosos de todos los tiempos. Los grandes fastos, los grandes dispendios, las reuniones multitudinarias, los encuentros de jefes y representantes, los lujos, los gastos insultantes, que no van en dirección a atender y beneficiar a los más pequeños y desprotegidos, precisamente cuando el pueblo se siente más perdido. Me parece que no es necesario proponer ejemplos cercanos.

          Probablemente casi ninguno de nosotros tiene altos cargos y responsabilidades en la política, la economía o la sociedad. Y sin embargo, también nos vienen bien las palabras de Isaías. Demasiadas veces nos hemos acostumbrado (quizás fuimos educados así) a desconectar lo que ocurre en nuestro entorno cercano o lejano de nuestras relaciones con Dios. Demasiadas veces es una oración individualista, centrada en nuestras cosas y en los nuestros. Demasiadas veces nos sentimos tranquilos pensando que ya se encarga Cáritas, Manos Unidas o alguna ONG. Sin embargo, siempre tendremos a mano a alguien a quien, personalmente, podemos «enderezar, defender y proteger». La oración que agrada a nuestro Dios está muy lejos de ser espiritualista, individualista, distante de la realidad sociopolítica, del sufrimiento de nuestros hermanos. Porque si así fuera, hasta sería contraproducente para nosotros mismos. Y, además, estaríamos provocando el escándalo en quienes nos contemplen.

 

       Del Evangelio quiero resaltar en esta ocasión sólo un aspecto. Me daba (más) cuenta hace unos días de la gran suerte que he tenido en mi camino misionero y sacerdotal de ser acogido y apreciado explícitamente por las personas a las que he procurado servir. Y caía en la cuenta de ello porque encuentro a mi alrededor a otros hermanos que no lo han recibido tanto, o no lo han sentido así... y eso ha repercutido mucho en su ilusión misionera, en conformarse con lo que hacen, en no intentar hacer las cosas mejor cada día... Quizá algo de responsabilidad tengan ellos, pero yo aquí quiero subrayar lo importante que es la cercanía de las ovejas a sus pastores (catequistas, religiosos, misioneros, presbíteros...).

             Qué bueno es que alguien te diga que le ha servido algo que has hecho, que alguien muestre interés en hablar contigo, que te digan que te han echado de menos, que te hagan un regalo inesperado, que te inviten a tomar algo, que te muestren que les apetece estar contigo, consultarte... No para que se hinche nuestro ego, sino porque somos humanos. No para enorgullecernos, sino para animarnos a seguir adelante. Es muy habitual que nos lleguen o hagamos llegar nuestras quejas (justificadas o no), cuando algo o alguien nos decepciona o desagrada; pero quizás andamos un poco escasos de agradecimiento, acogida y apoyo. Un «vaso de agua fresca», o un «recibimiento» cariñoso hacen mucho bien. Y yo agradezco las muchas veces que los he recibido. Pero invito (y me invito) a todos a hacerlo mucho más a menudo y desinteresadamente. 

Enrique Martínez, cmf 

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