Comentario al Evangelio del

Severiano Blanco cmf

Queridos hermanos:

Con muy buen criterio, la liturgia concede al recuerdo de los Apóstoles categoría de “fiesta”; pero, tratándose de Pedro y Pablo, el rango es superior: Solemnidad. Desde los orígenes, la iglesia vio en estos dos Apóstoles los dos puntales de su existencia y de su fe, los primeros eslabones de su rica Tradición (con mayúscula), creadores incluso de gran parte de esa Tradición. Parece que es a ellos a quienes se refiere el último libro del Nuevo Testamento, el Apocalipsis, al hablar de “los dos testigos”, “los dos olivos”, y “los dos candelabros”, que sufrieron el martirio y fueron glorificados por Dios, ya que habían sido el tormento de los habitantes de la tierra (Ap 11,3-12). Como Jesús, también Pedro y Pablo trajeron fuego, y espada (cf. Lc 12,49s). Entregaron sus vidas al plan de Dios y resultaron socialmente incómodos, insoportables, y, por eso, mártires.

Pablo es el personaje mejor conocido del Nuevo Testamento, y, seguramente, el que más cooperó a la difusión del cristianismo y a la comprensión del proyecto de Dios. Fue misionero y teólogo. Nos seguimos nutriendo de su saber, plasmado en sus deliciosas cartas. La causa de Jesús fue para él más importante que la propia vida. Hoy nos es presentado como el “hombre fiel”, perseverante en el camino que Jesús le marcó.

Pedro destacó entre los seguidores de Jesús por su entusiasmo; frecuentemente hizo de “portavoz” del grupo, y hasta “fanfarroneó” un poco de ser más fiel que los otros seguidores: “aunque todos te abandonen, yo no” (Mc 14,29). Pero a la hora de la verdad le pudo la cobardía, y negó ser discípulo de Jesús. La nobleza no elimina la debilidad. Sin embargo Jesús, como no había venido a apoyarse en grandezas humanas, renovó a Pedro su confianza, y, después de las negaciones y la pasión-resurrección, le confirmó en la primacía: “apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas” (Jn 21,15-17); no le retiró la función de “atar y desatar”.

Pedro y Pablo fueron hombres débiles. Pablo no siempre supo dominar sus modales, no se distinguió por su mansedumbre. Y Pedro fue de cortas entendederas: por no haber aprendido lo de “la otra mejilla”, sacó la espada para defender (?) al Maestro. En  algún momento estos dos grandes Apóstoles no se entendieron en cuanto a cómo liderar lo de Jesús (Gal 2,11-15). Pero amaron intensamente lo que se les había encomendado, se entregaron a ello en cuerpo y alma, y así echaron para la iglesia cimientos perdurables en los que nosotros nos seguimos apoyando.

Pedro y Pablo nos invitan a no cejar en nuestros intentos, a seguir ofreciendo suelo sólido a los creyentes del futuro, sin que nuestras limitaciones nos acobarden al enfrentarnos con tan noble tarea. Lo importante es que, a la pregunta que Jesús dirigió a Pedro y que hoy nos dirige a nosotros, respondamos también valientemente (y humildemente): “Señor, tú sabes que te quiero”. Asegurado esto, lo demás corre por su cuenta.

Vuestro hermano
Severiano Blanco cmf

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