Comentario al Evangelio del

Enrique Martinez, cmf

 

¿A QUIÉN IREMOS?

   
           La Iglesia gozaba de paz en toda Palestina. Era la paz que les había dejado el Resucitado. Una paz que no estaba exenta de conflictos, como hemos venido viendo. Que se lo pregunten a Esteban o a Felipe, y también a Saulo. Pero esas dificultades no les hacían perder el don de la paz recibida.

          Y la Iglesia iba creciendo, se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor, se multiplicaba... Nos recuerda aquello que Lucas había dicho del propio Jesús en su infancia: Crecía en sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. La tarea del crecimiento personal y comunitario -animada por el Espíritu Santo- nunca termina, porque la fidelidad hay que construirla todos los días. Una fidelidad que recibe un significativo y necesario apoyo de los propios hermanos. La fidelidad de mis hermanos es una garantía para la mía y viceversa. Aquella primera comunidad no estaba tan marcada como la nuestra por eso que llamamos individualismo, y que les permite a no pocos pretender una relación con Dios al margen de los hermanos, de la comunidad, como una especie de asunto privado.


        Pero los comienzos nos muestran algo que tenemos que recuperar mucho en nuestra cristianismo de este siglo. Las personas de la comunidad tienen nombre propio, se conocen sus circunstancias personales, su lugar de residencia, y los hermanos procuran que Pedro -como representante de la comunidad- se acerque y ore y actúe en la medida de sus posibilidades. A pesar, incluso, de que estas comunidades que visita probablemente no han sido fundadas por él.


         Algo tenía aquel grupo de creyentes que resultaba atractivo, un ambiente de cercanía, de fraternidad, de confianza en el Resucitado, a quien sentían muy presente. Cada uno era atendido según sus necesidades. Algo que resultaba desconocido en los ambientes religiosos de la época, que resultaba admirable y contagioso. Algo que habían aprendido de Jesús. Algo que hoy nos debiera hacer revisar nuestras estructuras pastorales, nuestras relaciones intra comunitarias, algo que nos debiera empujar a trabajar pastoralmente en clave de comunidad. No es casualidad que la «reacción» de Pablo a su encuentro con ese Jesús al que perseguía fuera... fundar pequeñas comunidades misioneras.

           A los discípulos también les cuesta aceptar las palabras de Jesús, hasta el punto de retirarse: son palabras duras, ¿quién puede hacerle caso? A mí me resultan de algún modo admirables aquellos discípulos, porque escuchan a Jesús muy en serio, y no se conforman con medias tintas: o sí o no. Quieren pero no pueden. Y ver que otros «muchos» se retiran no es la mejor motivación para seguir adelante.

        Es una tentación que afecta a cualquier discípulo de cualquier momento de la historia. También hoy: ¿Para qué complicarse la vida, para qué autoexigirse? Hay muchos a los que les va muy bien si andarse calentando la cabeza con las llamadas del Evangelio. No hace falta Jesucristo para intentar ser buena persona. Cuesta hacer vida muchas de las opciones de Jesús... Y si encima ser creyente proporciona rechazos, persecuciones, desprecio social... Muchas veces no somos aquellos que se retiraron, nos quedamos, pero «a medio gas», con tibieza, quedándonos con la parte que nos gusta e ignorando el resto...


           ¿A quién iremos entonces? Muchos responden en la práctica: donde nos diga el partido, donde nos orienten ciertos periodistas y escritores, o las figuras mediáticas, o «donde vaya Vicente», o... Las suyas no son «palabras de vida eterna», pero la vida eterna no parece preocupar hoy demasiado, el presente es lo que importa...
Y el mismo Pedro, que aparentemente tan claro lo tiene, ya sabemos que no fue muy coherente con esta solemne declaración, como tampoco el resto de sus compañeros. Pero es que es el Espíritu quien da la vida. Para nosotros es duro y hasta escandaloso el mensaje del Evangelio... si no es el mismo Dios-Espíritu quien nos ayuda a no quedarnos «en la carne», en la vulgaridad, en la superficialidad, en una vida irrelevante. Ésta es la clave. Y ésta debiera ser nuestra constante oración: Ven Espíritu Santo y transforma los corazones de tus fieles. Necesitamos orar para no caer en la tentación de renunciar al único Dios que nos  puede salvar, al consagrado (=santo) por Dios para consagrarnos a nosotros.
                                                                                                   Enrique Martínez cmf
 

Comentarios
Ver 5 Comentarios
escribir comentario
Por favor escriba las letras como se muestran.