Comentario al Evangelio del

Luis Ángel de las Heras, cmf

Queridos amigos y amigas:

    Avanzando por el libro de los Hechos, encontramos este conflicto entre los cristianos de origen judío y los de origen helenista. Tensión por diferentes procedencias culturales. Se dan divergencias de tipo administrativo, pero también de estilo de vida y de concepciones doctrinales. La solución del conflicto parece que pasa por elegir estos hombres, sabios y virtuosos, llenos del Espíritu Santo, que más adelante anunciarán el Evangelio a no-judíos.

    La discrepancia en la comunidad cristiana nos hace pensar en la comunión. La Iglesia, hoy como entonces, está llamada a ser signo de unidad en la diversidad. La Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, es el criterio de discernimiento para integrar las diferencias. Y estas enriquecen la comunión y proporcionan crecimiento a la propia Iglesia, reflejo de Dios Trinidad y fiel a Él. Porque hay una uniformidad en la que no se da comunión, sino afinidad, que no requiere ningún esfuerzo para llegar al acuerdo y que los hombres solos pueden lograr. En cambio, hay una pluralidad de dones y carismas, en la que sí se da un camino evangélico, de pérdida y de ganancia, precisamente para construir la unidad, para conseguir y mantener la comunión, no como conquista humana, sino como don del Espíritu Santo de Dios. Él es quien nos guía a buen puerto en una sola nave.

    Precisamente el texto del evangelio de san Juan describe, simbólicamente, la travesía de la Iglesia por este mundo. Una imagen certera para representar vicisitudes históricas de la Iglesia que peregrina. La embarcación navega con expertos tripulantes a bordo. Surge la noche, se levanta un viento fuerte y las aguas se encrespan. A pesar de su pericia, los hombres que dirigen la barca necesitan ayuda. Aparece el único que puede auxiliar. Es el Señor. Pero su manifestación, antes de percibirse como sosiego, produce temor. Parece que en lugar de salvar, la presencia de Dios atemoriza. Quizá los navegantes se fían solo de sus propias habilidades y, muy pendientes del viento y de las aguas, o de otras cosas, lo cierto es que no pueden reconocerle a Él. Cuando se muestra explícitamente —«Soy yo, no temáis»—, llega el consuelo, la fortaleza, la solución, se calman los vientos y se toca tierra firme y segura. Tierra de Dios, tierra del Espíritu, siempre a la vista para recalar y continuar el cabotaje por las costas del Reino. Queda una considerable labor. Hay muchas gentes que todavía no están y merecen embarcar. Y siguen viniendo corrientes de muerte, que provocan naufragios y numerosos náufragos. La navegación merece la pena, con Él al timón y nosotros izando la vela al viento del Espíritu. Es Él; no hay nada que temer.

Vuestro hermano en la fe pascual,
Luis Ángel de las Heras, cmf
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