Comentario al Evangelio del

Luis Ángel de las Heras, cmf

Queridos amigos y amigas:

    Parece que es un dato históricamente fiable que los saduceos son los que más se opusieron a Jesús y a sus seguidores. Mucha rabia, descargada sobre los apóstoles, que pretenden que se abra paso el Evangelio, con un ímpetu imparable recibido de «lo alto». Este avance de la Buena Noticia, pone de manifiesto que, en medio de dificultades, se hace más nítida la acción y la fortaleza del Espíritu para actuar con la libertad y la seguridad propias de una sólida experiencia humana de Dios. Este es un hecho histórico tan fidedigno o más que el de los saduceos perseguidores de Jesús y sus apóstoles. Lo narran hombres y mujeres de Dios, en distintas ocasiones, de muchas maneras, con detalles asombrosos. Sin duda, debería ayudarnos a vivir mejor nuestra fe, sobre todo cuando las circunstancias no nos favorecen, personal o institucionalmente, o claramente se ponen en contra.

    Desgraciadamente, los cristianos caemos con frecuencia en el pesimismo y el derrotismo, en lugar de descubrir con pasión este mundo que tanto ama Dios, como ha demostrado en la entrega de su Hijo. Tal y como se lo dice el mismo Jesús a Nicodemo. ¿Para qué? Pues para que este mundo alcance la luz por medio del Enviado del Padre. Pero los primeros portadores de lámparas hemos de ser quienes hemos conocido a Jesucristo.

    Cuando nos dejamos llevar del abatimiento, perdemos la oportunidad de acoger y secundar la luz que ya nos ha iluminado. La tristeza, la desesperanza, la desmoralización no vienen de Dios. Vienen de las tinieblas, que desgraciadamente acaparan demasiada credibilidad. Tenemos la suerte de haber visto la verdadera luz, que disipa cualquier tiniebla y, sin embargo, vivimos tantos días y noches como si no la hubiéramos percibido. Y damos más crédito a falsas luces. Cada cual verá cuáles tiene que desterrar y extinguir.

    La resurrección de Jesús es luz verdadera, que ilumina nuestros quehaceres integrándolos en los planes de Dios. Desterremos la penumbra, dejando que sólo Él y su causa nos fascinen, y oremos, suave y firmemente, con palabras de poeta: «Deslúmbrame de tal modo / Que pierda el hoy y el ayer. / Que Te desee con tal fuerza / Que sólo Tú estés en mí». Y deslumbrados por Jesús y su Reino, ofrezcamos la llama viva —llama de amor viva— a quienes solamente saben de cenizas, ruinas y escombros que nosotros también -y tan bien- conocemos.

Vuestro hermano en la fe pascual,
Luis Ángel de las Heras, cmf
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