Comentario al Evangelio del

Luis Ángel de las Heras, cmf

 

Queridos amigos y amigas:

«Durante el Sábado Santo la Iglesia permanece junto al sepulcro del Señor, meditando su pasión y muerte, y se abstiene del sacrificio de la misa, quedando por ello desnudo el altar hasta que, después de la solemne Vigilia, se inauguren los gozos de la Pascua, en cuya intensidad vivirá la comunidad cristiana los cincuenta días pascuales.» (Misal Romano)

El silencio del Viernes se prolonga este día hasta la medianoche; una noche resplandeciente, que vence a las sombras. Este sábado es tiempo de caminar hacia la luz, aprendiendo otra profunda lección: Jesús ha callado; la Palabra, hecha carne, ha enmudecido.

«Había hablado con verdad y autoridad,
había sido poderoso en obras y palabras,
había llegado al corazón y lo rompía,
había expulsado demonios y calmado
las pasiones, los vientos, las tempestades...

Y la Palabra enmudeció, no quiso
defender su inocencia y se extinguió.

¡Oh Jesús! ¡Palabra hecha silencio!
¡La gloria de Dios anonadada!
Elevado en cruz, ensombrecido en roca,
palpo tu silencio y escucho tu vacío.

Sigo aprendiendo la enseñanza,
leyendo en tu Biblia Silenciosa...
Tú, sigue ahí, Jesús,
hoy no digas nada.»

Y Jesús, que sigue ahí, presente en el vacío, el dolor y la soledad de los más cercanos, comenzando por su Madre, no dice nada, porque ya ha dicho todo, hasta la última gota de sangre. Su ausencia es una presencia graciosamente misteriosa que presagia, en los pliegues recónditos del espíritu, un gozo inconmensurable a punto de estallar. María, la Madre, es el principal testigo a quien podemos preguntar.

¡Feliz Noche Santa! ¡Dichosa inauguración de los Gozos Pascuales!

Vuestro hermano en la fe,

Luis Ángel de las Heras, cmf

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