Comentario al Evangelio del

Luis Ángel de las Heras, cmf

 

Queridos amigos y amigas:

Ya es Miércoles Santo. El tercer canto del siervo del Señor aparece en la primera lectura con palabras de confianza, de valor y de victoria. Dar aliento al abatido es un arte que Dios transmite a quien le busca sinceramente. La valentía de vivir sin ocultar el rostro a insultos y salivazos es un don que sólo puede venir de Dios. Y Él, y solo Él, nos lleva a la victoria, como a su Hijo. La clave es escuchar la palabra que da fuerza en cualquier circunstancia.

En el pasaje del evangelio de Mateo encontramos una de esas escenas de traición que los espectadores quisieran comunicar al protagonista para salvarlo. Pero la trama de la historia continúa y Jesús, con sus discípulos, prepara la cena de Pascua. En el texto, como leíamos también ayer en el evangelio de Juan, Jesús señala al traidor: «el que ha mojado en la misma fuente que yo». La imaginación del espectador trabaja inquieta por lo que observa: ¿Alguien le habrá desvelado a Jesús la conversación de Judas con los sumos sacerdotes? ¿Pudo ver Jesús cómo le vendía Judas por treinta monedas? ¿Cómo puede saberlo? Y el lógico deseo del público es que la víctima haga algo para escapar de una muerte segura y castigar al pérfido, que además es judío. 

Pero el Autor tiene previsto otro guión. Su mente no es nuestra mente. 

En cierta ocasión, visitando el «salón de los escolapios» -lugar donde estuvieron detenidos y no ocultaron el rostro a insultos y salivazos los beatos mártires claretianos de Barbastro-, uno de los visitantes miraba con insistencia las ventanas enrejadas y preguntaba atónito cómo no habían intentado escapar de allí aquellos jóvenes misioneros claretianos...

Yo solo alcancé a decirle que ellos quisieron entregar la vida libremente, por Cristo y como Él lo había hecho. El visitante -¿profano?- sonrió escéptico y siguió buscando por toda la estancia, imaginando cómo podrían haber hecho para huir aquellos jóvenes claretianos. No halló respuesta.

Tampoco comprendió lo que habían experimentado nuestros hermanos mártires. Sólo descubrió que por allí habían pasado unos jóvenes ingenuos y temerarios, que, extraña y sorprendentemente, no hicieron nada por salvar sus vidas y, menos aún, por dar un escarmiento a sus carceleros y verdugos. Incluso -más asombroso todavía- les perdonaban, como hizo Jesús desde la Cruz... ¡No se puede explicar esta locura!

Vuestro hermano,

Luis Ángel de las Heras, cmf 

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