Comentario al Evangelio del

Luis Ángel de las Heras, cmf

 

Queridos amigos y amigas:

Hemos estrenado Semana Santa. Evitemos repetir las pasadas. No es "otra" Semana Santa. La Iglesia nos regala unos días que gozan de ese calificativo singular expresando cercanía a los misterios de Dios. Sintámonos cerca.

Lunes Santo. El profeta exílico proclama los cantos del siervo del Señor con tono consolador. El siervo, designado por Dios, colmado de su espíritu, es investido con la misión de implantar la salvación,  haciendo valer el derecho y la justicia. Y lo hará de modo pacífico, pero firme. La acción de Dios llegará al pueblo de Israel en forma de alianza y a todos los demás como luz. En las primeras horas de esta Semana nos consuela la voz del profeta, que, desde el exilio y las ruinas de su pueblo, confía en la acción salvífica de Dios. Isaías nos invita a levantar la mirada desde un mundo envuelto en destrucción hacia el siervo de Dios que hará valer la justicia y el derecho para doblegar  ríos de muerte e instaurar un único torrente de vida nueva, en nueva alianza, con luz nueva. Nos rodean ruinas de muerte, pero el Reino de la vida está asegurado. Por eso podemos cantar jubilosos: «El Señor es mi luz y mi salvación».

Del evangelio de Juan que meditamos, permitidme un comentario sobre el perfume, el aceite de nardo, sumamente valorado. Este perfume se fabricaba a partir de las raíces de la planta homónima, proveniente principalmente del Himalaya, y producía un óleo intensamente aromático. Era extraordinariamente caro, porque para obtener un litro de esencia había que prensar más de cien kilos de nardo. 

El proyecto de Jesús está ungido con un aceite de nardo de un valor incalculable: el de su libre entrega, el de su muerte redentora, el de la Vida Nueva a precio de sangre. Es el aroma con el que Él camina hacia el Padre. Es la fragancia que envuelve nuestros sentidos y nos transporta hacia la contemplación del Crucificado, donde descubrimos a todos los crucificados que hoy siguen con nosotros, como profetizó Jesús. Valoremos el costoso bálsamo de la salvación. Apreciemos el óleo que nos unge para entrar en el Reino. Dejémonos rociar y rociemos con este caro perfume, que limpia todo espíritu ruin y nos mueve a misericordia, ahora y siempre, como mueve a Dios a misericordia desde su eternidad.

Vuestro hermano,

Luis Ángel de las Heras, cmf 

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