Comentario al Evangelio del

Alejandro, C.M.F.

Queridos amigos, paz y bien.

A lo largo de la semana, tenemos la tarea de meditar los dichos y hechos de Jesús en el Evangelio de Juan. Siempre es un poco “misterioso”, pero muy clarificador para nuestra vida. Como toda Palabra de Dios.

Hoy tenemos un milagro a distancia. Porque para Dios no hay nada imposible. Es que los creyentes disfrutamos de un plus especial, un bonus que nos da una seguridad grande: si hacemos lo que Dios nos dice, no nos irá mal. Claro que, para eso, es necesario estar a la escucha, leer a menudo la Palabra, dedicar tiempo a la meditación, buscar espacios de soledad con uno mismo, en fin, eso que en Cuaresma deberíamos cultivar especialmente, que se llama oración.

La semana pasada, el sirio Naamán se enfadó con Eliseo, porque le mandó lavarse en el río Jordán. Le parecía poco, casi un desprecio, que el profeta no le impusiera las manos, rezara y le musitara palabras extrañas en lenguas desconocidas. Aquí, el funcionario no pone pegas a Jesús. Cumple la petición, y se vuelve a casa, con la confianza de que su hijo de verdad está curado. Y así es. A veces no queda otra que fiarse de Dios. Creer en su Palabra, aceptarla y seguir hacia delante. Es el camino de la Virgen María (Hágase en mi según tu Palabra), o de san José, que en sueños recibe un mensaje y acepta a María y a su hijo, Jesús y se va con ellos a Egipto, o el camino de muchos santos, que al ser interpelados por la Palabra, la aceptan en su corazón, y cambian su vida. ¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?, por ejemplo, cambió la vida de San Antonio María Claret.

No es fácil confiar, no es fácil entregarse en manos de Dios por completo. A pesar de que sabemos que Él nos ama, que conoce nuestras necesidades antes de que se las planteemos, nos cuesta pedirle, nos cuesta darle tiempo, nos cuesta acoger y meditar en el corazón su Palabra.

Quizá sea un buen día para repetir las palabras de Carlos de Foucauld, Me pongo en tus manos:
Padre, Me pongo en tus manos.
Haz de mí lo que quieras.
Sea lo que fuere,
Por ello te doy las gracias.
Estoy dispuesto a todo.
Lo acepto todo,
Con tal de que se cumpla
Tu voluntad en mí
Y en todas tus criaturas.
No deseo nada más, Padre.
Te encomiendo mi alma,
Te la entrego con todo el amor de que soy capaz,
Porque te amo y necesito darme,
Ponerme en tus manos sin medida,
Con infinita confianza,
Porque tú eres mi Padre.
Vuestro hermano en la fe,


 

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