Queridos obispos: Les escribo como leal hijo de la Iglesia Católica, con un particular ruego: ¿Podrían añadir a nuestras actuales Plegarias Eucarísticas una explícita invocación por otras Iglesias Cristianas y por los que las gobiernan?
Queridos obispos: Les escribo como leal hijo de la Iglesia Católica, con un particular ruego: ¿Podrían añadir a nuestras actuales Plegarias Eucarísticas una explícita invocación por otras Iglesias Cristianas y por los que las gobiernan?
Quizás la sencilla frase del papa Francisco, tan frecuentemente citada, sea su respuesta a una pregunta que se le hizo vis-a-vis sobre la moralidad de un matrimonio gay en el que la relación presenta un amor fiel. Su molesta-famosa respuesta: ¿Quién soy yo para juzgar?
Vivimos en un mundo y en religiones que se dan también a la falta de respeto y la violencia. Virtualmente, todos noticiarios documentan hoy el uso generalizado del desacato y la violencia hechos en nombre de la religión, desacato hecho por causa de Dios (a pesar de lo extraña que puede parecer esa expresión). Invariablemente, esos que obran así ven sus actuaciones como sagradas, justificadas por una causa santa.
Hay cosas que necesitan una crucifixión. Todo lo que es bueno se lleva eventualmente chivos expiatorios y crucificados. ¿Cómo? Por ese curioso y perverso dictado, de algún modo innato en la vida humana, que asegura que siempre hay algo o alguien a quien no se debe dejar en paz, sino, por razón de sí mismo, se debe buscar hasta dar con él y atacar lo que tiene de bueno.
El renombrado escritor espiritual Henri Nouwen cuenta cómo una vez fue a un hospital a visitar a un hombre que estaba muriendo de cáncer. El hombre era aún relativamente joven y había sido una persona muy trabajadora y fecunda. Fue padre de una familia a la que proveyó de todo lo necesario. Fue el director ejecutivo de una grande compañía y tuvo buen cuidado tanto de la compañía como de sus empleados.
Raissa Maritain, la filósofa y escritora espiritual, murió algunos meses después de sufrir un ataque fulminante. Durante esos meses, estuvo postrada en una cama de hospital, incapaz de hablar.
El Viernes Santo (El Viernes Bueno) fue malo mucho antes de que fuera bueno, al menos por las apariencias externas. Dios estaba siendo crucificado por todo lo que puede ir mal en el mundo: orgullo, celos, desconfianza, ofensa, egoísmo, pecado.
Blaise Pascal escribió una vez: “Los hombres nunca realizan el mal tan completa y alegremente como cuando lo hacen por una convicción religiosa”. ¡Qué cierto! Esto ha continuado sucediendo desde el inicio de los tiempos y está mostrando pocas señales de desaparición a corto plazo. Aún hacemos violencia y daño, y los justificamos en nombre de Dios.
¿Qué se entiende cuando ciertas escuelas de psicología hoy nos previenen sobre nuestra “sombra”? ¿Qué es nuestra sombra?
Todo es don. Esto es un principio que al fin sostiene toda espiritualidad, toda moralidad y todo mandamiento. Todo es don. Nada puede ser al fin reclamado como propio nuestro. La moral genuina y la sensibilidad religiosa deberían hacernos conscientes de eso. Nada nos viene por derecho.
Visto todo, yo creo que crecí con un concepto relativamente sano de Dios. El Dios de mi juventud, el Dios en que fui catequizado, no era indebidamente castigador, arbitrario ni crítico.