La indignación moral es la antítesis de la moralidad. No obstante, en nuestro mundo hoy está presente y racionalizada en todas partes en nombre de Dios y la verdad.
Vivimos en un mundo inundado de indignación moral.
La indignación moral es la antítesis de la moralidad. No obstante, en nuestro mundo hoy está presente y racionalizada en todas partes en nombre de Dios y la verdad.
Vivimos en un mundo inundado de indignación moral.
Hoy la creencia en Dios es vista como una ingenuidad. Para muchos, creer en Dios es como creer en Papá Noel y en el Conejo de Pascua: algo bonito, para los niños, una cálida nostalgia o un recuerdo amargo, pero no algo que sea real, que resista un duro escrutinio y las sombrías dudas que a veces permanecen bajo la superficie de nuestra fe. ¿Dónde hay evidencia de que Dios existe?
La teoría de la relatividad nos dice que el espacio y el tiempo no son lo que parecen ser. Son relativos, lo que significa que no siempre funcionan del mismo modo ni los experimentamos de igual manera. El tiempo se puede parar.
Tanto en nuestra piedad como en nuestro agnosticismo, a veces ponemos en juicio a Dios, y siempre que lo hacemos, somos nosotros los que acabamos juzgados. Vemos eso en los relatos del Evangelio sobre el proceso de Jesús, particularmente en el Evangelio de Juan.
Si no tienes de alguna manera un pie fuera de tu cultura, la cultura te engullirá por completo. Daniel Berrigan escribió eso, y es verdad también en este sentido: Si no puedes beber de una fuente fuera de ti mismo, tu natural proclividad a la paranoia, amargura y odio te engullirá invariablemente por completo.
El poeta Rumi insinúa que vivimos con un profundo secreto que a veces conocemos, luego no, y después conocemos de nuevo. Es una buena descripción de la fe. La fe no es algo que sujetas y posees de una vez para siempre. Lleva este camino: A veces andas sobre el agua, y a veces te hundes como una piedra.
En un interesante libro, La voz interior del amor, escrito mientras estaba en una profunda depresión emocional, Henri Nouwen comparte estas palabras: “El gran desafío es experimentar y sobrevivir a tus heridas en vez de pensarlas.
La congregación religiosa a la que pertenezco, los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, ha tenido una larga relación con los pueblos indígenas de Norteamérica.
Hace algunos años asistí en un fin de semana a un retiro dado por una mujer que no escondía el hecho de que no poder tener hijos constituía una profunda herida en su vida. Así que ofrecía retiros sobre el dolor de no poder tener hijos.
Tendemos bastante naturalmente a pensar en la palabra “Cristo” como el segundo nombre de Jesús. Pensamos en el nombre “Jesucristo” como pensamos en nombres como “Susan Parker” o “Jack Smith”. Pero eso es una malsana confusión. Jesús no tuvo un segundo nombre.
No es ningún secreto que hoy estamos siendo testigos de una disminución masiva en la asistencia a la iglesia y, aparentemente, de una pérdida paralela de interés en la religión.