No paramos de quemar brujas porque dejamos de leer la Escritura. Más bien, paramos de quemar brujas porque seguimos leyendo la Escritura.
No paramos de quemar brujas porque dejamos de leer la Escritura. Más bien, paramos de quemar brujas porque seguimos leyendo la Escritura.
¿Cómo podemos hacer esto? ¡Cómo podemos “des-aprender” o anular nuestra sofisticación y cancelar el hecho de que somos adultos? ¿Qué tipo de viaje como de recreo puede volver virgen a un corazón?
Lo que el mundo necesita antes que nada de nosotras, las iglesias cristianas, es consuelo.
¿Cuál es nuestra propia perla de gran valor? ¿Estamos dispuestos a renunciar a todo a cambio de ella?
Algunas veces tenemos que decir cosas, y decirlas de nuevo, y volverlas a decir, hasta que ya no sea necesario repetirlas.
Hoy somos mucho más informales y despreocupados sobre la observancia del Sábado; y por eso somos más pobres, tanto humana como religiosamente.
“Observa a los sabios y a los perversos, que se alimentan del fuego sagrado de la vida”. Ésa es la letra de una canción de Gordon Lightfoot, que trata de interpretar la lucha que se desarrolla en el corazón del héroe mítico de Cervantes, Don Quijote. La bondad le aparta del mundo, mientras comprende que la maldad procede de la misma fuente.
¿Acaso entendemos realmente o llegamos a dominar alguna vez la oración? Sí y no. Cuando intentamos orar, a veces logramos caminar sobre el agua, pero otras veces nos hundimos como una piedra. A veces tenemos un profundo sentido de la realidad de Dios, pero otras veces ni siquiera podemos imaginar que Dios exista.
Hoy en día, tanto en la sociedad como en las iglesias, nos resulta cada vez más difícil resolver nuestras diferencias, ya que nuestras conversaciones son disparos a matar sin civismo, insultos, difamación y falta de respeto.
¡Nadie logra ir al cielo sin una carta de recomendación de los pobres! Es ésta una cita atribuida a James Forbes, un Pastor protestante de Nueva York, que capta maravillosamente algo que los profetas antiguos de Israel resaltaron hace muchos siglos.
Cuando nos sentimos extremadamente pobres con respecto a nuestra fe y a nuestras seguridades religiosas, Dios puede finalmente comenzar a moldearnos a su imagen y semejanza y desembocar en nuestra vida, puro y sin mancha.